Por Blas Matamoro
Admitamos, por un momento, que existen dos niveles gruesamente diferenciados de cultura: el alto y el bajo. Letrados, cortesanos, burguesía rica y hasta riquísima, por un lado. Por el otro: bailes de suburbio, cantos de cosecha, artesanías de esparto y escayola. Traduciendo: cultura de la abundancia y cultura de la escasez.
La música, arte de la armonización, ha tendido a suprimir estas diferencias. La que solemos considerar música de alto coturno, hecha en la hermética intimidad de palacios y catedrales, se ha valido normalmente de elementos populares tomados del anonimato. Tradiciones, repeticiones orales, músicas de nadie y de todos.
Guillaume de Machaut, en la baja Edad Media, compuso su Misa del hombre armado utilizando la canción folclórica así llamada. Las suites de Bach y de Haendel, que evocan las reverencias y comedidos quiebres de los salones barrocos, están nutridas por gigas,
zarabandas, gavotas y minués de extracción popular. Nada digamos de la música compuesta por las escuelas nacionalistas de los siglos
XIX y
XX. Son impensables las obras de compositores como Smetana, Dvorak, Falla, Granados, Albéniz, Turina, Bartok y aún parte del catálogo de Brahms y Stravinski, por citar a los saltos, sin el aporte de materiales anónimos.
Ciertamente, en manos de un músico «formal», las derivas de estas fuentes cobran altura, pero no porque sus comitentes sean ricos, sino porque el arte, por definición, todo lo eleva. El melómano lego, el que siente la música como algo propio aunque nada sepa de tecnicismos ni de historia musical, recupera, desde el pueblo, lo que el pueblo alguna vez, sin advertirlo, dio a sus grandes artistas. |