ARTE / Claroscuro
Por Marta Poza Yagüe
El Museo del Prado expone dos obras del pintor Pompeo Batoni, cuyo contenido nos pone ante la pista de una de las prácticas más curiosas de la Europa de los tiempos de la Ilustración y del Neoclasicismo: el grand tour. En el primero de ellos, titulado genéricamente Un viajero en Roma, un personaje sentado junto a un busto romano despliega ante nuestros ojos un mapa de la Península Itálica, seguramente el objetivo de su visita. El segundo, retrato del gentleman inglés Charles Cecil Roberts, sitúa al protagonista en un entorno presidido por ruinas clásicas, reposando sobre un relieve antiguo en cuyo pedestal el autor aprovechó para dejar su firma (POMPEIUS DE BATONI PINX. ROME 1778), y en el que, como fondo, las imágenes monumentales de la Basílica de San Pedro y del Castillo de Sant’Angelo nos ubican la escena en algún lugar a las afueras de la capital italiana. ¿A qué obedecía este interés por demostrar de un modo tan explícito una estancia en Roma?
Desde el Renacimiento, la ciudad se convirtió en punto de referencia para los artistas de cualquier nacionalidad que quisieran conocer de primera mano, no sólo las obras de los grandes maestros contemporáneos, sino también todos los vestigios de la Antigüedad grecorromana que todavía se conservaban en pie, o los que las excavaciones iban progresivamente sacando a la luz.
Su fama como «Meca de las Artes» llegó a tal punto que, mediado el siglo xviii, ningún erudito ni estudioso —que se preciase de serlo— consideraba concluida su formación hasta que no completaba un viaje cultural por toda la geografía italiana, periplo que solía tener como colofón una prolongada estancia en la Ciudad Eterna. Es lo que se conoció en la época como el grand tour. Sus principales practicantes (príncipes alemanes y algunos otros ingleses y de Europa del Este, de desahogada situación económica), al finalizar esta aventura romana, no dudaban en contratar los servicios de algún pintor que los retratase junto a los monumentos más señeros de la ciudad, como testimonio de que habían realizado el prestigioso viaje.
Batoni, artista nacido en Lucca, pero que desarrolló la mayor parte de su actividad en Roma, fue uno de los más demandados para tal fin. Aunque no logra desprenderse de ciertos amaneramientos propios de la estética rococó en su faceta como retratista, su profundo conocimiento de la arquitectura y la escultura antiguas le sirven para articular fondos reales cargados de referentes clásicos. Si esto último ya se pone de manifiesto en los cuadros del Prado, se hará aún más evidente en otros dos retratos de otros tantos viajeros que se conservan en la Colección del marqués de Zetland (Aske Hall, Yorkshire) y en la Colección Razoumowsky (Viena). En ellos reúne, como compañeros de los protagonistas, a los cuatro grupos escultóricos de la Antigüedad más valorados en el siglo xviii: el Apolo de Belvedere, el Laoconte, el Hermes de Praxíteles y una Ariadna dormida, pertenecientes aún hoy a las Colecciones Vaticanas.