Patrimonio histórico
Los libros sobre «viajes artísticos» fueron un curioso producto del siglo xviii en su afán por conocer y explicar todo tipo de fenómenos. La gran mayoría de estas obras, todas ellas compuestas por varios volúmenes, fueron redactadas al mismo tiempo que se viajaba, durante años y años, por las regiones elegidas. De entre los varios españoles, todos eclesiásticos, que dedicaron sus vidas o parte de ellas a tal labor hay que destacar al valenciano Antonio Ponz (1725-1792), humanista jesuita y doctor en teología. Su afán por conseguir una vasta cultura le lleva a Madrid, donde estudia Bellas Artes; a Roma, donde permanece diez años, y a las excavaciones de Pompeya y Herculano, en Nápoles, que visita. Cuando regresa a España, Carlos III lo nombra comisario encargado de recoger las obras de los jesuitas expulsados de Andalucía, lo que va a dar un giro a su vida convirtiéndolo en cronista viajero.
Su método de trabajo consistía en el contacto directo con la realidad española y sus observaciones y notas eran su fuente de información, junto a los datos que le proporcionaban los eruditos locales. Durante catorce años escribió los dieciocho tomos de su obra que se refieren a España —a los que hay que añadirle dos sobre otros países—. Los últimos años de su vida estuvieron dedicados a repetir algunos de sus viajes para la rectificación y comprobación de datos. Este viajero y escritor incansable describe todo lo que ve, desde antigüedades a paisajes, caminos, aspectos sociales, etc. y deja constancia de su preocupación por cuestiones que hoy nos parecerían modernas como la disminución del número de árboles o la mala conservación de muchos edificios.
Muchas de las obras arquitectónicas y de los yacimientos arqueológicos que describe no existen ya o se encuentran muy alterados. Gracias a él y a otros cuantos curas viajeros, escritores, dibujantes y descriptores infatigables, podemos llegar a tener cierta idea del porcentaje que supone lo que se conserva frente a lo que hemos perdido.