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Martes, 18 de mayo de 2004

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ARTE / Claroscuro

¿Sólo miel y langosta?

Por Antonio García Flores

Cuando Juan, hijo de Zacarías e Isabel, prima de la Virgen y, por tanto, primo de Jesús, rozaba la treintena, comenzó su ministerio público predicando a lo largo del río Jordán el bautismo como penitencia por el perdón de los pecados, y anunciando, como precursor de Cristo, la próxima llegada del Mesías. Era conocido como «el Bautista» y congregó en torno a él un elevado número de seguidores. Un día se acercó Jesús a Juan para ser bautizado, tras lo cual los cielos se abrieron y el Espíritu Santo en forma de cabeza descendió hacia él mientras una voz clamaba: «Éste es mi hijo, el amado, mi predilecto». Algún tiempo después, Juan vio acercarse a Jesús y dijo: «Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo», señalándolo como el Hijo de Dios. Aquella misma frase la volvería a repetir al día siguiente: «Otra vez hallándose Juan con dos de sus discípulos, fijó la vista en Jesús, que pasaba, y dijo: Éste es el Cordero de Dios». Hasta ese momento Juan había llevado una vida de anacoreta en el desierto de Judea.

La representación del Bautista en el desierto de la pintura de Ribera se aleja de la tradicional imagen del San Juan adulto y ermitaño, de aspecto demacrado, tal y como cabría esperar de su sobria dieta alimenticia —«no comía ni bebía» (Mateo, 11, 18; también Lucas, 7, 33) o «se alimentaba de langostas y miel silvestre» (Mateo, 3, 4; Marcos, 1, 6)—, y con una exigua vestimenta: «Juan iba vestido de pelo de camello, llevaba cinturón de cuero a la cintura» (Mateo, 3, 4); «Llevaba Juan un vestido de pelos de camello y un cinturón de cuero ceñía sus lomos» (Marcos, 1, 6). Este último punto sí es respetado, ya que lo vemos con el sayo corto de piel de oveja o cabra con el que suele ser representado en Occidente. Pero aquí aparece como un muchacho en la plenitud de la belleza adolescente, mirando con simpatía hacia el espectador, en una imagen muy distante de la que Francisco Pacheco recomendaba en su Arte de la pintura (1638):

Débese pintar el rostro largo, bien proporcionado, flaco y penitente, por la gran abstinencia; el color, tostado y moreno, por los grandes soles e inclemencias de los tiempos; pero con gracia y hermosura; el cabello y barba no compuesto y crecido; los ojos vivos y encendidos, señal del gran celo y espíritu de Elías; las cejas, grandes, enarcadas y graves... Hase de pintar en edad de 29 a 39 años, que es en la que se manifestó y comenzó, con tanto peso y autoridad a predicar...

Tampoco en esta ocasión eleva el índice, señal de su misión de Precursor y Anunciador, como hace también el Arcángel Gabriel.

Respecto a los atributos que usualmente lo caracterizan, podemos contemplar el manto púrpura sobre su regazo —símbolo de su martirio—, la cruz de cañas que sostiene con el brazo izquierdo —en la que falta, no obstante, la habitual filacteria en la que se lee la leyenda «ECCE AGNVS DEI», palabras con las que aludió a Cristo en las dos ocasiones arriba mencionadas—, y el cordero a que hace mención en esa frase, que se acerca por la izquierda para comer las hierbas que él le ofrece con su mano derecha.

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