ARTE / Claroscuro
Por Marta Poza Yagüe
Personajes fabulosos mitad hombres, mitad bestias, los sátiros son los integrantes habituales de las fiestas y cortejos orgiásticos organizados por Dionisos. Con el dios del vino comparten su tendencia a la embriaguez y al desenfreno sexual que les lleva a perseguir continuamente a las ninfas y demás bacantes. Habitantes del bosque, su anatomía es la de un hombre de cuerpo velludo, cuyas extremidades inferiores se transforman en patas de cabra o caballo que terminan en la característica pezuña partida. Famosos por su fealdad, este es el rasgo característico de la mayor parte de las representaciones antiguas de los sátiros, como la escultura de uno de ellos que nos describe el político y orador ateniense Calístrato en la primera mitad del siglo iv a. C.:
El cuerpo no participa de delicadeza alguna, al contrario, la robustez de sus miembros le resta belleza; es rudo como corresponde a un cuerpo muy masculino, de articulaciones simétricas. Pues, aunque a una chica bella le favorezca una suave proporción y unos miembros blandos, el aspecto de un sátiro es recio, es el de una divinidad rupestre que brinca en honor de Dionisio. Lleva una corona de hiedra, aunque el arte del escultor no ha recogido la hierba de un prado sino que la propia piedra, con toda su rudeza, forma los brotes y rodea la cabellera, reptando desde la frente hasta encontrar los músculos del cuello.
Sin embargo, no es este el modelo escogido por Praxíteles para representar a su personaje. El maestro griego del siglo iv a. C. huye de la tradicional anatomía híbrida y musculosa para presentarnos el cuerpo proporcionado de un joven de rostro iluminado por una sonrisa ingenua, tal vez fruto del consumo excesivo de vino.
Salvo por la diadema vegetal (en este caso resuelta a partir de haces de agujas de pino), las orejas puntiagudas, y la piel de lince que lleva terciada sobre el pecho, nada nos indica que estamos ante la imagen de uno de los salvajes del bosque y no ante un dios del Olimpo. Una flauta en una mano alusiva a la música, y la indolencia con la que incurva el cuerpo —la conocida curva praxitélica— hasta reposar suavemente sobre el tronco de un árbol, acentúan aún más la sensación de serenidad y despreocupación de la vida campesina que busca transmitir esta escultura.
Su finura y belleza fue causa de que fuese una de las imágenes más reproducidas en la Antigüedad, demandada para decorar jardines y fuentes. Sin poder saber cuántas se han perdido, todavía han llegado hasta nosotros más de un centenar de copias romanas del original, entre las que se cuenta el ejemplar del Prado.