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Miércoles, 21 de mayo de 2003

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Literatura

Viajeros y estables, 15. Galdós y sus episodios nacionales

Por Jesús Marchamalo

Cuando llegó a Madrid, en 1862, Galdós venía de cruzar el estrecho en barco, había recorrido medio país en diligencia y después había subido a un tren en Alcázar de San Juan, que lo dejó en la estación de Atocha. Mucho tiempo más tarde contaría que había nacido ese año, a su llegada a Madrid, aunque en realidad lo hizo en Las Palmas, en 1843.

He leído que su abuelo fue secretario de la Inquisición, y que el joven Benito cursó sus primeros años de escuela en un colegio inglés, donde aprendió ese idioma como propio. Fue un niño aplicado, aficionado al dibujo y los recortables. Con ocho años, ante la amenaza de una epidemia de cólera, su familia se refugió en una finca que tenía en el campo y allí, con piedras, barro, cola y palos construyó un pueblo imaginario. Con su iglesia, sus casitas levantadas sobre riscos, sus callecitas minúsculas y sus balconcitos, como un nacimiento. Hoy, ese pueblo en miniatura se conserva en el Museo Galdós, en Canarias, después de acumular polvo durante décadas en la casa familiar. A cambio, también es verdad, aprobó el Bachillerato con sobresaliente en todas las materias.

Vivió tiempos convulsos don Benito. En 1865 vio cómo la guardia civil disolvía a las masas a sablazos, y en 1866 a los sargentos sublevados del cuartel de San Gil, cuarenta y ocho, pasando frente a él camino de las tapias de la plaza de toros donde serían fusilados. Ya entonces decidió refugiarse en la lectura y en sus amados libros y en los dramas imaginarios que le sustraían de los dramas reales.

Desde el momento en que decidió encerrarse a escribir, no pasaba un año sin que un libro suyo viera la luz, a veces dos, y otras incluso tres. A final de ese siglo decimonónico y convulso, Galdós ganaba entre seis y siete mil pesetas al trimestre de derechos de autor, lo cual no estaba nada mal. Y parece ser que cuando en 1905 la academia sueca sugirió al gobierno que presentaran su candidatura al Premio Nobel, la mitad de aquella España avinagrada, incluidos casi todos los ministros y el propio rey Alfonso XII, anduvieron conspirando contra él, argumentando que había sido diputado republicano.

Tenía una finca en Santander, San Quintín, donde guardaba en vitrinas todos los libros que había escrito, y lanzaba desde el jardín globos de papel de aire caliente. Y un día, Galdós, los mismos bigotes que en el billete de mil pesetas, acudió a la inauguración de su propia estatua, en el parque del Retiro de Madrid, esculpida por Victorio Macho. Se acercó, prácticamente ciego, palpó la piedra y tocó sus propios rasgos en el granito, frío como un presagio de la propia muerte. En agosto de 1919 paseó por última vez por Moncloa, y por el parque del Oeste. Y después se murió, sin biografía, como escribió de él Torrente Ballester.

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