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Martes, 28 de mayo de 2002

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ARTE / Claroscuro

Santa Cecilia y la música

Por Susana Calvo Capilla

Hacia finales de la Edad Media Santa Cecilia se convirtió en la patrona de la música gracias a la frase de un manuscrito cristiano del siglo V que relata su vida y su martirio. En estas «actas», posteriores en dos siglos a los sucesos, se dice que el día de su boda con el joven patricio Valeriano, ella «cantaba a Dios en su corazón mientras los músicos tocaban». Partiendo de esta frase, la hagiografía se encargó de transmutar a la santa romana en cantante, intérprete de instrumentos musicales e incluso en inventora del órgano. El día de su onomástica, el 22 de noviembre, se convirtió en muchos lugares en una festividad dedicada a la música, algo que perdura hoy día. En Inglaterra, Santa Cecilia se festejó por primera vez en 1683, fecha en que la Musical Society de Londres organizó una fiesta que incluía un oficio religioso, la interpretación de una oda de circunstancia y un banquete. Purcell (m. 1695) o Haendel (m. 1759) compusieron en varias ocasiones la música para esas odas. En la corte madrileña no sabemos de fiestas similares aunque sí había una intensa actividad musical. En los siglos xvi y xvii las principales instituciones musicales estaban vinculadas al rey (Felipe II fue un gran amante de la música flamenca, por ejemplo) y a la iglesia, eran las llamadas Reales Capillas. Hasta el surgimiento de la ópera, hacia 1629, también los teatros madrileños daban cabida a la música profana, pues éstos tenían en sus compañías cantantes e instrumentistas.

Santa Cecilia ha sido representada por numerosos artistas y en el Museo del Prado hay varias imágenes suyas: una fue pintada por el flamenco Michel van Coxcie (1499-1592); otra, la que aquí vemos, por Antiveduto della Grammatica (1571-1626); y una tercera es atribuida al francés Nicolás Poussin (1594-1665). La santa aparece siempre junto a un instrumento de tecla: un virginal flamenco, antepasado del clave, en el caso de Coxcie y un clavecín en el cuadro de Poussin. La única que está tocando un verdadero órgano es la Santa Cecilia pintada por el italiano Grammatica, un seguidor de Caravaggio. Se trata de un órgano positivo con trece tubos y teclado cromático, según describe F. Sopeña, que la santa toca de pie, a la antigua usanza. Tras ella, sobre una mesa, hay un laúd puesto boca abajo y una viola da braccio colgada de la pared del fondo, quizá porque por entonces había quien consideraba que el órgano era el instrumento más noble y su sonido la música por excelencia («¡Maravillosa máquina! / frente a ti el laúd melodioso, / aunque utilizado para conquistar, debe rendirse / incapaz de rivalizar contigo. / El Violín aéreo y la altanera viola deben eclipsarse». Nicolas Brady, Oda a Santa Cecilia, Londres, 1692). Grammatica muestra a la joven romana cantando y ricamente ataviada. La luz intensa que recibe la figura resalta de manera espléndida el brillo y calidad de los tejidos.

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