Literatura
Por José Jiménez Lozano
No cabe duda de que las palabras noticia y moda son de las más refrescantes. ¿Quién no querría que hubiese algo nuevo en el mundo? Hasta los viejos catedráticos salmantinos del siglo xvii que Claudel nos pinta en «El zapato de raso» querían que hubiese novedades, aunque, claro está, iguales que lo antiguo. Y el caso es que, con frecuencia, logran su deseo, porque ciertamente son demasiadas las veces en que lo nuevo es igual que lo viejísimo, sólo que ese «mejor presentado». Y a lo mejor la cosa merece la pena, éste es otro cantar.
Lo que pasa es que, dada la profusión de los media, y la producción industrial de y moda, éstas tienen una vida tan breve y frágil que casi no da tiempo a percatarnos de ellas, a sentirlas, o a disfrutarlas. Las unas se comen a las otras a una velocidad vertiginosa, y, cuando escuchamos o leemos esas noticias, sabemos que nos ocurre algo parecido a como cuando vemos la luz de las estrellas, que ya es antigua hasta de miles de años luz.
Las modas, para que mereciera la pena, deberían adverarse durante cincuenta años, decían mesdames de Port-Royal; y, desde luego casi tanto duraban antes las noticias; porque aun sabidas y resabidas, algunas todavía las leemos en la historia. Como sucedía con los libros; pero nunca ya veremos tal cosa.
Sin duda que es por eso por lo que también Gadamer decía que él, de ordinario, no leía sino libros que tuviesen dos mil años. Y se entiende, porque algo habremos de tener firme y seguro para poner los pies encima, naturalmente.