ARTE / Claroscuro
Por Juan Carlos Ruiz Souza
Este retrato de la infanta Margarita es una de las últimas obras que se atribuyen a los pinceles de Velázquez, aunque no han faltado especialistas que han querido ver en esta obra la mano de su yerno Juan Bautista del Mazo. A pesar de los adelantos técnicos de laboratorio, de los análisis de los colores, de los lienzos, o de los datos externos que nos puedan ofrecer los documentos e inventarios, es muy arriesgado dar una última palabra sobre la autoría de ciertas obras de arte, y al final parece que sólo nos queda el «juicio del ojo» del experto.
En el taller de un gran pintor había ayudantes y aprendices que de una u otra manera también intervenían en la realización de los cuadros del maestro, y su labor aunque anónima, no deja de ser importante, pues ellos se encargarían de moler los colores, de preparar las telas, y seguramente también elaborarían partes secundarias de las propias pinturas (motivos repetitivos, fondos, etcétera).
Volviendo al cuadro que nos ocupa, es posible que no fuera terminado por Velázquez al sorprenderle la muerte, pero son muchos los elementos que vemos en esta pintura que nos hablan y que nos gritan que son hijos del sevillano, y que difícilmente pudieran pertenecer a Mazo, a pesar de ser su aventajado discípulo. La luminosidad del traje rosa y gris de la infanta, el semblante delicado y elegante de su rostro, la profundidad de su mirada, la sutileza de los pendientes, el paño blanco y transparente que se descuelga desde la mano derecha de Margarita, o el impresionante e impresionista ramillete de flores, de pinceladas rápidas, concisas y certeras, que sujeta con la izquierda, sólo pueden deberse a la maestría de un pintor que culmina su técnica al final de su vida, y que supera con creces las enseñanzas recibidas a lo largo de su carrera.