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Martes, 14 de mayo de 2002

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ARTE / Claroscuro

La infanta Margarita (I)

Por Juan Carlos Ruiz Souza

Junto a su padre, Felipe IV, posiblemente sea el personaje que en más ocasiones retrata Velázquez. No cabe duda de que debió existir una especial relación entre el maestro y la infanta a la que una y otra vez inmortaliza en sus lienzos, y a la que otorga el primer papel de su obra capital, Las Meninas, en la que el propio pintor aparece autorretratado.

Hoy conocemos a Margarita por los pinceles de Velázquez, pero seguro que ignoramos muchos datos de su vida. Nació el 12 de julio de 1651 y fue hija de Mariana de Austria, segunda mujer y sobrina de Felipe IV. Tuvo una vida intensa pero muy corta, ya que murió el 12 de marzo de 1673, con tan sólo 21 años. Por intereses de estado, y como medio de afianzar las buenas relaciones existentes entre las ramas austriaca y española de la familia de los Habsburgo, Margarita tuvo que viajar a Viena para casarse el 12 de diciembre de 1666 con el emperador Leopoldo, por lo que llegó a ser la emperatriz de Austria. Hoy descansan sus restos en la cripta imperial de los capuchinos de Viena, aunque su semblante gracioso e infantil siempre permanecerá vivo en nuestra retina, al igual que aparece en este poema, a ella y a este cuadro dedicado.

La infanta Margarita

Como una flor clorótica el semblante,
que hábil pincel tiñó de leche y fresa,
emerge del pomposo guardainfante,
entre sus galas cortesanas presa.

La mano —ámbar de ensueño—, entre los tules
de la falda desmáyase y sostiene
el pañuelo riquísimo, que viene
de los ojos atónitos y azules.

Italia, Flandes, Portugal..., Poniente
sol de la gloria el último destello
en sus mejillas infantiles posa...

Y corona no más su augusta frente
la dorada ceniza del cabello,
que apenas prende el leve lazo rosa.

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