ARTE / Claroscuro
Por Marta Poza Yagüe
A fines del siglo xvii o principios del xviii se halló en el Golfo de Nápoles un sarcófago decorado con escenas de la Guerra de Troya y de la historia de las bodas de Aquiles y Políxena. Fragmentado entonces, tres de las piezas fueron adquiridas por Felipe V, conociéndose en la actualidad la localización de un cuarto fragmento perteneciente al Museo del Louvre.
Aquiles es, sin duda, el más famoso de los héroes épicos griegos, convertido por Homero en la Ilíada en protagonista absoluto de la Guerra de Troya. Prácticamente inmortal, ya que de todo el cuerpo su único punto vulnerable era el talón, los relieves de este sarcófago nos narran precisamente la muerte del personaje, así como los momentos previos que precedieron al dramático suceso. Tras matar Aquiles a Héctor, hijo del rey troyano Príamo, se decide buscar una solución de compromiso que permita la paz entre aqueos y troyanos. Para ello se concierta el matrimonio entre Aquiles y Políxena, otra de las hijas de Príamo.
En el frente del sarcófago se muestran los preparativos de la boda. A la izquierda, el séquito de Aquiles, identificados por sus gorros cónicos. A la derecha, los troyanos con sus característicos gorros frigios. En el centro, Aquiles, con una pequeña ternera a los pies que ha llevado para sacrificar a los dioses, y, frente a él, Agamenón con la espada en alto dispuesto a consumar la ofrenda. Pero el pacto será traicionado y Aquiles resultará muerto a manos de Paris, hermano de la novia, quien disparará una flecha que se clavará en el talón del héroe —momento reproducido en el fragmento correspondiente al costado derecho—. Lejos de alejarse el espectro de la guerra, ésta continuará y Troya será saqueada por los griegos. En medio de la desolación del pueblo troyano por la derrota, el espíritu de Aquiles se aparecerá reclamando como venganza por su muerte el sacrificio de la que iba a ser su futura esposa. Así, Políxena será degollada por Neoptólemo, hijo del héroe, usando como ara la tumba de su propio padre —escena figurada en el costado izquierdo—. De este modo quedaban consumadas lo que podría denominarse, plagiando a García Lorca, unas bodas de sangre.
Si bien es cierto que —condicionados por el soporte en el que se tallaban las escenas y su posterior uso—, las decoraciones de los sarcófagos solían representar temas funerarios, el dramatismo del episodio aquí expuesto no fue considerado como conveniente para tal fin. Por ello no sabemos si fue reproducido en otros casos, porque éste es el único ejemplar conocido que se conserva. Según los especialistas, sólo una obra producida durante el sangriento periodo de la Anarquía militar justificaría su amargura y pesimismo, cronología que queda confirmada por el análisis estilístico de la talla.