Literatura
Por José Jiménez Lozano
Por muchas razones, que ahora no son del caso, España, como también ocurrió en otros países por otras o similares razones, pero quizás de un modo más desastrado, se encontró con que, a comienzos del xx, su herencia secular artística estaba devastada o en ruinas; y ahora nos maravilla el tesón de los hombres entregados a levantar todo ese tesoro a partir de la segunda decena de siglo.
También tenemos que lamentar la nueva destrucción que trajo la triste guerra civil, pero volvernos a alegrar con el espíritu y los aires de recuperación que sonaron después, y sobre todo en los últimos lustros. El país podría decirse que ha estado en obras todos estos años, y que entre ellas no pocas han sido para recuperar o ayudar a consolidarse esa hermosísima herencia de siglos, incluso con un extraordinario entusiasmo.
Y entusiasmo es palabra griega, desde luego; pero precisamente para señalar desmesura y arrebato, y el entusiasmo reconstructor ha tenido y sigue teniendo algunos riesgos, porque muchas veces se ha olvidado que restaurar es volver a instaurar algo tal y como era, labor escrupulosa de arqueólogo y notario, fidelidad de historiador, narrador o retratista, que se atiene a lo dado y no inventa, ni deja huella de su yo ni individual ni colectivo. No miente, no dice que aquello era así, si ha añadido o quitado.
Pastiches se han hecho siempre, y la comercialidad siempre los seguirá haciendo. Pero siempre también son un crimen de lesa belleza artística; y entonces son preferibles las ruinas antes que las restauraciones. Porque las ruinas, aunque melancólico, tienen su poderoso lenguaje, el propio; y saben muy bien lo que dicen. Con un lenguaje impostado, y un vestido al gusto del día, sólo resultan una irrisión insoportable, destrucción del alma.