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Martes, 8 de mayo de 2001

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ARTE / Claroscuro

«Cerrad los ojos, que no lleva ropa»

Por Juan Carlos Ruiz Souza

El gusto, al igual que la moral, ha cambiado con el paso de los años. Hoy muchos de los cuadros del Museo del Prado, en los que se muestran eróticos contornos, orondas carnes destapadas, y voluptuosas formas de héroes, dioses, sátiros, y ninfas, provocaron el pudor de clérigos y nobles, ante el temor de que sus pasiones pudieran ser descubiertas en público. Ello fue la causa de que con los años se censurase tanto destape, y se crearan salones privados donde contener estas obras de arte, incluso el propio Museo del Prado tuvo la suya propia en el siglo xix, y a la que volveremos en otra ocasión.

Lo sorprendente es que no faltaron en ciertos momentos críticos, terribles intenciones de condenar a la quema las obras más escandalosas, entre ellas esta obra maestra que ahora contemplamos, que se libró milagrosamente del fuego purificador, azuzado, aunque resulte sorprendente, por el propio Carlos III, el Rey de la Ilustración y del Siglo de las Luces. Sin duda el morbo que rodeaba esas salas prohibidas llenas de tanto arte y tanta carne, aumentaba, si cabe, el calor de obras maravillosas de Rubens, Goya, Tiziano, Reni, Durero, Veronés, etcétera.

Recordemos un divertido capítulo novelado en el que se nos habla de estas estancias:

El Rey salió, cargado con las llaves, cuyo tintineo llenaba la penumbra. Atravesó salas y pasillos, abrió con la llave más gorda la puerta más grande, y la cerró por dentro; había entrado en un dédalo de corredores zigzagueantes, interrumpidos por escaleras que subían y escaleras que bajaban. Tuvo que abrir, todavía, otras dos puertas, que también cerró después de haberlas pasado. La habitación prohibida correspondía a una torre, la del norte-este. Estaba a oscuras. Tanteando, halló una ventana y la abrió. La habitación carecía de muebles, pero de las paredes colgaban cuadros. Cuando sus ojos se habituaron a la luz escasa, pudo ver que en todos ellos había mujeres desnudas, solas o en compañía. Se hallaba ante la mitología que su abuelo había coleccionado, y que sólo podían contemplarse con un permiso especial de la curia toledana, firmado de puño y letra del primado.

(Gonzalo Torrente Ballester, Crónica del Rey Pasmado.)

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