Cine y televisión
Por Lisandro Duque Naranjo
Fernando Laverde, cineasta colombiano experto en películas de muñecos animados (La pobre viejecita, Cristobal Colón), fue convirtiendo poco a poco, a lo largo de unos quince años, su casa del barrio Normandía en Bogotá en un estudio cinematográfico. Su proyecto a largo plazo era que aquella fuera la sede más calificada para el cine de animación, no sólo en Colombia sino en el continente. El silencioso vecindario, de buen estrato social, miraba con orgullo el avance de esa especie de Hollywood en miniatura y se hacía ilusiones respecto al flujo de estrellas del cine que frecuentarían el lugar para prestar sus voces a los pequeños personajes de madera, arcilla o plastilina. Se veían desempacar cámaras allí, y sofisticadas consolas de sonido, y herramientas de carpintería exquisita para fundar los pueblos diminutos y tallar las narices y tornear las piernas de sus futuros habitantes. Laverde viajó al extranjero a analizar las próximas tecnologías del cine animado pues tenía la decisión de que su Estudio fuera un lugar obligado para todos los profesionales de la animación del siguiente milenio. Un día, iluminado por la ambición, me dijo: «No podemos seguir pensando en pequeño, maestro. Aquí se está gestando un polo de desarrollo cinematográfico al por mayor».
Se encontraba Laverde, en esos días de expectativa y de gloria, haciendo unas pruebas de doblaje sonoro, cuando la aguja de la consola comenzó a dar brincos frecuentes. Era un martilleo sobre hierro que entorpecía el trabajo. Laverde salió a la calle, suponiendo que se trataba de algún vecino desempeñando un trabajo fortuito, y se encontró con que era un mecánico de automóviles que golpeaba el ring metálico de una llanta, para enderezarlo. Lo amonestó, diciéndole que ese tipo de ruidos no podía continuar nunca más, pues no solo Normandía era un barrio residencial, sino que allí se estaba gestando un Estudio de cine y de sonido que obligaba a un entorno silencioso.
«Pues se equivocó de barrio, señor, porque este garaje me lo alquilaron para taller de reparación. ¿Es que no sabe usted que por aquí van a echar una ruta de buses?»
En asunto de días, el lugar se fue depredando con la presencia de establecimientos de montallantas, caspetes de comidas rápidas, voces de vendedores de frutas, insultos entre conductores, ruidos de bocinas, frenazos y arrancadas de buses. La renta del suelo se fue a pique, los vecinos emigraron y Fernando Laverde entró en proceso de desanimación. Vendió la propiedad por lo que le dieron, ferió los equipos y se exilió temporalmente —quién sabe hasta cuándo— en la finca remota de un hijo suyo.