Literatura / Calderonianas
Por Lola Montero Reguera
Tal día como hoy, en 1681, moría en Madrid el autor de La vida es sueño. Sólo cinco días antes había otorgado testamento, que hoy se conserva en el Archivo Histórico de Protocolos de Madrid. En él expresa sus últimas voluntades, tanto en lo que a su entierro se refiere, como al reparto de sus bienes (de los que realiza puntual inventario). Pide que se le amortaje con el hábito de san Francisco (a cuya Orden Tercera pertenecía), «ceñido con su cuerda», así como con la correa de san Agustín, y con el escapulario del Carmen al pecho; dispone también que se le entierre junto a sus abuelos, padres y hermanos, a los pies de la iglesia del Salvador; y no olvida en su legado a familiares, amigos, y criados.
[...] Sepan cuantos esta carta de testamento vieren como yo, D. Pedro Calderón de la Barca, caballero de la Orden de Santiago, capellán de honor de su Majestad y de los señores Reyes Nuevos de la santa Iglesia de Toledo, habiendo entrado en temerosa consideración de que no sea justo juicio de Dios, en merecido castigo de mis culpas y poco aprovechamiento de su espera, arrebatarme con improvisada muerte [...], hallándome sin más cercano peligro de la vida que la misma vida, y en mi cabal y entero juicio [...], dispongo la mía [voluntad] en esta manera:
Primeramente pido y suplico a la persona o personas que piadosas me asistan, que luego que mi alma, separada de mi cuerpo, le desampare, dejándosele a la tierra, bien como restituida prenda suya, sea interiormente vestido del hábito de mi seráfico padre San Francisco, ceñido con su cuerda, y con la correa de mi también padre San Agustín, y habiéndole puesto al pecho el escapulario de Nuestra Señora del Carmen, y sobre ambos sayales, sacerdotales vestiduras, reclinado en la tierra sobre el manto capitular de señor Santiago, es mi voluntad que en esta forma sea entregado al señor capellán mayor y capellanes que son o fueren de la venerable Congregación de Sacerdotes Naturales de Madrid, sita en la parroquia de S. Pedro [...] Y suplico así al señor capellán y capellanes como a los señores albaceas que adelante irán nombrados, dispongan mi entierro, llevándome descubierto, por si mereciese satisfacer en parte las públicas vanidades de mi malgastada vida con públicos desengaños de mi muerte. Y asimismo les suplico que para mi entierro no conviden más acompañamiento que doce religiosos de San Francisco, y a su Tercera Orden de hábito descubierto, doce sacerdotes que acompañen la cruz, doce niños de la Doctrina y doce de los Desamparados.
(Tomado de: Antonio Matilla Tascón, Testamentos de 43 personajes del Madrid de los Austrias, Madrid: Instituto de Estudios Madrileños, págs. 255-256).