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Miércoles, 17 de mayo de 2000

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Cine y televisión

Cine y literatura: Dos en uno no caben (IV)

Por Lisandro Duque Naranjo

En la discusión acerca de las relaciones entre el cine y la literatura, es una torpeza jerarquizar un lenguaje por encima del otro. La gente sensata no tiene por qué dejarse arrastrar por el maniqueísmo publicitario que proclama que «una imagen vale más que mil palabras». De igual manera un dogmático de la escritura podría decir que una frase vale más que mil imágenes, y sus razones tendrá. La poética del cine, que se construye con recursos e instrumentos muy distintos, y tal vez contrarios, a los de la literatura, tampoco es accesible para ésta, ni ésta tiene por qué echarla de menos, o intentar usurparla. En un artículo del colombiano Juan Manuel Roca, titulado «La poesía de lo visual», el poeta cita una frase feliz de René Char que sirve para echar leña al fuego de esta polémica: «Si el hombre no cerrara por momentos de forma soberana los ojos, terminaría por no ver ya lo que merece en verdad verse». Esto, ni más ni menos, sugiere que la literatura es el reino de lo intangible, de lo que se construye de manera recóndita en la intimidad del lector, mientras que el cine lo es de aquello que puede ser sorprendido in fraganti en la pantalla, sin desmedro de su poética y sutileza. Una reflexión de Jean Mitry puede ayudarnos a dirimir el asunto: «En literatura, de una abstracción conceptual llamada palabra, se arma un mundo. En cine, de un mundo concreto de objetos tangibles y personajes reales, se arma una abstracción». Dos en uno, pues, no caben. Y cuando se pretende forzar la convivencia entre una forma de representación verbal y otra de representación visual, obligando a cada una a que deponga su soberanía en favor de la otra, o a que ambas exalten al máximo sus respectivas territorialidades para que ninguna se sienta humillada, o a que las dos simulen piadosamente que se sienten felices en su relación de pareja, lo que se obtiene, con ese cruce contra-natura, es que se neutralice o anule la eficacia de cada una, u ocurra una sobresaturación de gramáticas que convierten en un operativo tortuoso el hallazgo del significado y el sentido. Algo así como poner a bajar a un hombre por unas escaleras eléctricas que suben. Hay movimiento, pero no avance. Y a un lector no es justo someterlo a que sea, al mismo tiempo, espectador. Y viceversa. Le van mejor el limón y la leche, que se cortan.

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