ARTE / Claroscuro
Por Susana Calvo Capilla
He aquí el autorretrato de un joven que, sin duda, tenía confianza en sí mismo, que se sentía orgulloso de su condición, de su trabajo y de su imagen. Este hombre delgado y elegante, de expresión concentrada y porte altanero, tenía entonces veintiséis años, pero ya era un artista de fama internacional. En el autorretrato, realizado en 1498, poco después de su primer viaje a Venecia, se reúnen la minuciosidad técnica y el colorido nórdicos (lo vemos en el paisaje de la ventana, en sus largos cabellos y en su cuidado atuendo) y la monumentalidad italiana, en su figura y en el marco arquitectónico que le sirve de fondo.
Alberto Durero reivindicaba para los artistas nórdicos, en su Alemania natal, lo que ya habían conseguido en Italia los renacentistas, la categoría de gentilhuomo, la consideración de la pintura, y de las artes en general, como actividades intelectuales y no como meros oficios manuales. Durero se consideraba dotado de un poder «creador», al igual que lo estaban Leonardo da Vinci, Rafael y Miguel Ángel. Y como ellos, poseedor de una inmensa erudición y de una viva inteligencia, un «hombre renacentista» en todo el sentido de la expresión. Era, además de pintor, grabador, teórico del arte, versado en perspectiva, en anatomía y ciencias naturales, en matemáticas, en filosofía.
Fue Alberto Durero, precisamente, el primero que se atrevió a reclamar para los artistas la calidad de «genios». Él mismo decía en 1512 que «el arte de la pintura es difícil de adquirir. Por eso quien no esté bien dotado para él no debe acometerlo, pues procede de influencias de lo alto. Este gran arte de la pintura ha sido tenido en alta estima por los reyes poderosos desde hace muchos cientos de años. Ellos enriquecían a los artistas eminentes y los trataban con reverencia porque sentían que los grandes maestros estaban en igualdad con Dios, según está escrito. Pues un buen pintor está interiormente lleno de figuras y si le fuera posible vivir sin fin siempre podría seguir sacando cosas nuevas de las ideas interiores de las que habla Platón».
El poder hipnótico de la mirada de Durero atrae e intimida al espectador, como si quisiera dejar claro cuál es el sitio de cada uno: aquí, tras el marco, el genio; ahí afuera, los mortales.