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Martes, 9 de mayo de 2000

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ARTE / Claroscuro

Locura de amor

Por Antonio García Flores

La figura de la reina Juana fue una de las personalidades más atrayentes para el romanticismo, debido esencialmente a que en ella se reunían una serie de aspectos muy queridos por el espíritu del xix: «La pasión arrebatadora de un amor no correspondido, la locura por desamor, los celos desmedidos y la necrofilia» (C. Reyero). Tanto fue así, que numerosos artistas —literatos, músicos y pintores— consagraron alguna de sus obras al personaje de Juana la Loca: Eusebio Asquerino y Gregorio Romero (Felipe el Hermoso), Manuel de Tamayo y Baus (Locura de amor), Emilio Serrano (Doña Juana la Loca), Lorenzo Vallés (La demencia de doña Juana de Castilla), etc.

Pero sin duda la obra más famosa inspirada en nuestra «alocada» reina fue la de Padilla, pintada en Roma durante su pensionado en la Academia Española y presentada al público en 1877. Al año siguiente consiguió en la Exposición Nacional de Bellas Artes la medalla de honor, siendo la primera vez en la historia de este certamen que se concedía este premio. Pero además, obtuvo el mismo galardón en las Exposiciones Universales de París (1878) y Viena (1882).

En el catálogo de la Exposición Nacional se recogió un pasaje de la Historia de España, de Lafuente, que describe una etapa de su viaje desde la Cartuja de Miraflores (Burgos) a Granada acompañando el féretro de su esposo y que sirvió inspiración para este cuadro:

Componían la comitiva multitud de prelados, eclesiásticos, nobles y caballeros: seguía una larga procesión de gente á pié y de á caballo con hachas encendidas. Andábase solamente de noche, porque una mujer honesta, decía ella, después de haber perdido á su marido, que es su sol, debe huir de la luz del día. En los pueblos en que descansaban de día se le hacían los funerales, pero no permitía la Reina que entrara en el templo mujer alguna. La pasión de sus celos, origen de su trastorno mental, la mortificaba hasta en la tumba del que los había motivado en vida.

Refiérese que en una de estas jornadas, caminando de Torquemada a Hornillos, mandó la Reina colocar el féretro en un convento que creyó ser de frailes, mas como luego supiese que era de monjas, se mostró horrorizada y al punto ordenó que le sacaran de allí y le llevaran al campo. Allí hizo permanecer toda la comitiva á la intemperie, sufriendo el riguroso frío de la estación (diciembre de 1506) y apagando el viento las luces (Pedro Mártir de Anglería, epist. 339). De tiempo en tiempo hacía abrir la caja para certificarse de que no se lo habían robado. De esta manera anduvo aquella desgraciada Señora paseando de pueblo en pueblo en procesión funeral el cuerpo de su marido [...] .

Tal fue el impacto que causó esta obra maestra de la pintura de historia, que Juan de Orduña copió la composición del cuadro para una de las escenas de la película Locura de amor (1948), siendo también utilizada y reproducida por Peris Aragó en el cartel publicitario.

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