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Miércoles, 3 de mayo de 2000

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Literatura

Glosas de d’Ors. Clarín

Las figuras muy desgraciadas en la historia de la literatura —un Dante, un Johnson, incluso un Larra— suelen inspirar, retrospectivamente, una simpatía melancólica y noble, producida por el espectáculo de la victoria del espíritu inmarcesible sobre el anecdótico tormento. Clarín, no. Clarín nos mueve todavía a lástima como hombre de carne, vivo y sollozador.

Compadecemos en un corazón con alas, universalizador y eternizador en la aspiración, como fue el suyo, la condena a vivir siempre entre jaulas y a debatirse terriblemente, grotescamente a veces, contra los hierros paralelos: la jaula de la provincia, la jaula de la Universidad, la jaula del periodismo y, sobre todo, la jaula de las ideas y de los prejuicios del último cuarto del siglo xix.

El espíritu vive alegremente en la más primitiva provincia —¡oh Francis Jammes!—. O en la más mezquina Universidad —nunca Sainte-Beuve fue más deliciosamente libre que en Lausanne—. O en el más cotidiano periodismo —no me atrevo a citar caso—. O en la actualidad del tiempo en que se vive —todos los buenos novecentistas están gozosos y ebrios de Novecientos...—. Pero será siempre a condición de que provincia, Universidad, periódico y actualidad sean sentidos como balcones y no como jaulas.

Es peligroso tener alas en el corazón. Vale más tenerlas en los ojos.

31-VIII-1918

Eugenio d’Ors, El valle de Josafat, página 153. Edición de Ángel d’Ors y Alicia García-Navarro. Madrid: Espasa-Calpe, 1998.

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