Literatura
Por José Jiménez Lozano
Para las gentes de mi generación, incluso si se trataba de gentes que habían nacido en la ciudad y en ella vivían, las eras componían el paisaje de agosto, aunque fuera sólo entrevisto desde el tren o el automóvil. Hasta Ortega, que es un escritor completamente urbano, habla alguna vez de las ovejas, y nos pinta a una muchacha con un harnero, como si fuera una virgen de Mantegna. Se nota en esas referencias la distancia; pero ahí están.
Para otras gentes, sin embargo, las eras han sido el paisaje y la vividura del verano, el icono mismo de la dicha de las vacaciones, o el puro alargamiento de lo cotidiano, si se vivía en una aldea o un pueblo agrícolas. Hemos montado en trillo, por ejemplo, y luego, cuando leímos a Tolstoi, pongamos por caso, nos imaginábamos perfectamente lo que era un trineo, un maravilloso trillo de nieve en nuestro imaginario.También sabemos que las faenas del campo, las de la siega y de la era, resultaban menos idílicas en la realidad que en las miniaturas medievales y las pinturas de Brueghel, pero también tenían sus resplandores como los de Ruth y Booz, que nos cuenta la Biblia; o el fabuloso olor de la paja húmeda no por la lluvia, sino, más delicadamente, por el relente de la noche.
El ímprobo trabajo, que digo, y el color acre de los cuerpos esforzados, nos hacen también entender, sin nota erudita alguna, esa página de las Fundaciones en que Teresa de Ávila no quiere pasar la noche en una casa de labor, en plenas faenas de recogida de la mies, por reserva de las «gentes del agosto». Y entonces entendemos también que Juan de la Cruz tanto insistiera en la disciplina de la pituitaria para ver en todo prójimo un hombre. Con la invención del jabón y la ducha y de su generalización, las cosas han sido luego muy distintas, y hasta las más exquisitas miniaturas se hicieron realistas, o se tiñeron de oro, como en Homero ciertamente.