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Miércoles, 27 de marzo de 2013

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Literatura

Vidas filológicas (4). Pedro Felipe Monlau

Por Mario Pedrazuela

El 29 de junio de 1859, Pedro Felipe Monlau, en su discurso de ingreso en la Real Academia Española, afirmaba que «las ciencias físicas y la industria se gloriarán con razón de sus túneles y de sus cables eléctricos que anulan la división hasta aquí admitida de islas y continentes y suprimen mágicamente las distancias, pero las ciencias históricas y filológicas, señores, obrarán por su parte prodigio muy parecido juntando la antigüedad con la edad moderna, hoy separadas por una solución de continuidad». Estas palabras muestran la unión que había en su persona del médico e higienista, por un lado, y del humanista y filólogo, por otro, que entiende que la filología, al igual que otras ciencias, necesita renovarse y adaptarse a los cambios metodológicos que se estaban produciendo en Europa.

Monlau nació en Barcelona en 1808. Fue un joven inquieto y siempre con ganas de aprender. Al carecer la Ciudad Condal de universidad desde que Felipe V la suprimió, creando en su lugar la de Cervera, tuvo que estudiar Medicina en el Real Colegio de Cirugía, donde se licenció en 1831 y dos años después se doctoró. Al poco de licenciarse entró a formar parte del Cuerpo de Sanidad Militar en el Hospital Militar.

Durante el verano de 1834, el cólera, que había entrado en España un año antes por Vigo, azotó su ciudad y provocó más de 3.500 muertes. Monlau se hizo cargo él solo de los enfermos del Hospital Militar, ya que sus colegas o bien habían contraído la enfermedad o bien habían huido. Su acción fue recompensada con la Cruz de Epidemias que otorgaba la Corona.1

Desde su juventud, Monlau fue simpatizante de las ideas liberales progresistas. En la escisión que el partido liberal sufrió en 1834, de la que nacieron el partido moderado y el progresista, él se alistó en este último y se identificó con su ala más radical. Durante estos años dirigió el periódico El Vapor, fue fundador del efímero semanario El Popular en 1834, del que se publicaron tan solo siete números, y participó en la fundación de El Constitucional, un periódico que se erigió en la voz de la izquierda del liberalismo. Cuando los moderados alcanzaron el poder suspendieron la publicación y muchos de sus colaboradores, entre ellos Monlau, fueron deportados a Canarias. El joven médico logró escapar de las islas y huyó a Francia, donde vivió exiliado hasta 1839. En el país vecino, además de conocer las principales obras del higienismo francés, que después influirían en sus publicaciones, descubre el daguerrotipo, sobre el que hizo un informe titulado Noticia sobre el daguerrotipo.

Al tiempo que realizaba esta labor política y periodística, Monlau, debido a su formación también humanista, fue nombrado en 1835 profesor de Geografía y Cronología de la Real Academia de Ciencias Naturales y Artes de Barcelona. Allí enseñó hasta que en 1840, en la reestablecida Universidad, fue nombrado catedrático de Literatura e Historia, cargo del que fue destituido por los moderados en 1844 como consecuencia de su intervención en el levantamiento que se produjo en Barcelona en junio de 1843 contra las políticas librecambistas del general Espartero. A modo de represalia le trasladaron a Valencia para que trabajase en el Hospital Militar y en 1846 a Madrid, donde permaneció hasta su muerte en 1871. En la capital, Monlau trabajó como higienista y técnico en numerosas comisiones sanitarias encargadas de informar sobre las mejoras urbanas que debían acometerse para convertirla en una ciudad más saludable. Antes, en 1841, había ganado un concurso convocado por el Ayuntamiento de Barcelona con un folleto titulado ¡Abajo las murallas! En él, a partir de argumentos sanitarios, económicos y políticos, demostró que el derribo de las murallas de la ciudad favorecería el desarrollo de la industria y la libre competencia y, por tanto, la riqueza y el progreso de la ciudad. Años después, en 1855, Ildefonso Cerdà, en el anteproyecto de ensanche de Barcelona, tuvo en cuenta las ideas propuestas por Monlau.

En Madrid obtuvo la cátedra de Psicología y Lógica del Instituto de San Isidro en 1848, y también participó activamente, desde distintos cargos, en la construcción del sistema sanitario nacional que estaban llevando a cabo los moderados. Por esos años, en 1846, publicó Elementos de higiene privada, que tuvo muchas reediciones y se adoptó como libro de texto en las facultades de medicina, así como Elementos de higiene pública. Otro de sus textos fundamentales fue Higiene del matrimonio, de 1853, en el que trata el entonces tema tabú de la higiene sexual. También es de interés Nociones de higiene doméstica y gobierno de la casa, publicado en 1860, dirigido a niñas y jóvenes con el objetivo de instruirlas como amas de casa.

A pesar de sus múltiples actividades, Monlau se inscribió en la Universidad Central para estudiar Lengua y Literatura Griega. Esto le permitió, en octubre de 1857, hacerse cargo de la cátedra de Latín de los tiempos medios, castellano, lemosín y gallego antiguos, en la recién creada Escuela Superior Diplomática. De ahí pasó a la Universidad Central como catedrático de Psicología y Lógica. Resulta curioso cómo tratándose de uno de los mejores higienistas de España, Monlau no ocupó nunca la cátedra de Higiene de dicha Universidad, una de sus grandes aspiraciones personales. En realidad la consiguió en dos ocasiones, pero las circunstancias políticas y los manejos académicos hicieron que tuviera que renunciar a ella. Durante un breve tiempo fue también director del Museo Nacional de Ciencias Naturales.

Al tratarse de un hombre de ciencia más que de un humanista, Monlau fue siempre muy susceptible a los avances científicos que se estaban produciendo en Europa y que no llegaban a nuestro país. En 1869, en un informe leído ante la RAE denunció el escaso seguimiento que se hacía en España de las teorías de la filología comparada:

Es un dolor que España, país donde se fantasea, y hasta encuentra protección una lengua universal, se mantenga tan indiferente a la Filología comparada, ramo del saber humano que, creado apenas ha medio siglo, se profesa, ya en toda Europa culta. Cátedras, libros, periódicos, sociedades especiales, nada le falta a esa ciencia modernísima, y que, sin embargo ha iluminado con súbita luz y desenvolvimiento de los idiomas.2

En su labor como filólogo, Monlau defendió siempre el origen latino de la lengua castellana. Para él, el castellano nace a partir de las transformaciones que el latín había sufrido a lo largo del tiempo al entrar en contacto con otras lenguas. Se opone de esta manera a las teorías que establecían el origen semítico. Su máximo defensor era el abogado y periodista Severo Catalina del Amo, ministro en el último gobierno de Isabel II, con quien llegó a tener discusiones enconadas sobre el tema. Monlau, que conocía bien las teorías de Max Müller y de Schleicher, no dudaba en afirmar el carácter científico de la filología. Por primera vez se afirmaba en la Real Academia Española el cientificismo de la lingüística y su relación estrecha con las llamadas ciencias puras: «Las lenguas son organismos vivos que el lingüista clasifica geográfica y genealógicamente por su vocabulario y sobre todo por sus afinidades gramaticales lo mismo que el naturalista clasifica los seres de los tres reinos de la Naturaleza» y para su estudio se ponen en práctica unos métodos tan escrupulosos como los que utiliza «la Química [para] determinar cualitativa y cuantitativamente los elementos de un cuerpo compuesto».3

Su preocupación por el origen de la lengua le llevó a publicar en 1856 uno de los primeros diccionarios etimológicos del castellano. También fue autor de un manual sobre literatura titulado Elementos de literatura o Tratado de retórica y poética publicado en 1842, cuando era catedrático en Barcelona. Se atrevió, además, con alguna obra teatral, aunque de no muy buena calidad.

En 1871, Pedro Felipe Monlau fallecía en Madrid casi en el anonimato. La Revolución de septiembre de 1868 truncó su carrera, que estaba demasiado comprometida con el régimen isabelino. Aunque no fue la filología el campo en el que más destacó, sí tenemos que agradecerle que fuera pionero en defender la aplicación de los métodos y conceptos modernos y teóricos para estudiar la formación y la evolución de la lengua.

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  • (1) Sobre la obra y la vida de Pedro Felipe Monlau véase Ricardo Campos Marín, Monlau, Rubio, Giné. Curar y gobernar. Medicina y liberalismo en la España del siglo xix, Madrid, Nivola, 2003. volver
  • (2) Pedro Felipe Monlau, «Informe leído en la RAE sobre el Peregrinulu Transelvanu», 5 de marzo de 1868, Madrid, RAE, 1869, p. 26. volver
  • (3) Ibídem, p. 4. volver
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