Literatura
Por Eva Belén Carro Carbajal
Hablábamos en un rinconete anterior de las colecciones de fábulas de Esopo, los Isopetes, que gozaron de una amplia difusión durante toda la Edad Media en España y en el Occidente europeo. Los Isopetes historiados continúan la tradición manuscrita gracias a la imprenta, que ofrece las fábulas esópicas (y las atribuidas a Esopo) ilustradas con xilografías y acompañadas en los márgenes por proverbios a partir del siglo xvi. Vino viejo en odres nuevos que alcanzará un indudable éxito hasta el siglo xix.
Consideremos la fábula del cuervo y la raposa de La vida de Ysopo, claríssimo y sabio fabulador (Valencia: Juan Jofre, 1520), el ejemplar más antiguo que conservamos en español con proverbios, editada por Romero Lucas. Junto a un sencillo pero hermoso grabado en el que se observa a una raposa hablando con un cuervo subido a un árbol (y que tiene un extraordinario queso en el pico), la narración transcurre como sigue:
Los que dessean y han gozo de ser alabados por palabras, arrepiéntense dello quando se veen engañados, de lo qual se pone tal figura.
Un cuervo, tomando de una ventana un queso, levolo encima de un árbol. Lo qual como viesse el raposo, desseando el queso, con palabras engañosas començolo de alabar y dezir en esta manera:
―¡O, ave muy fermosa! No hay en todas las volatilias quien sea semejante a ti, assí en resplandor de color como en disposición y forma muy dispuesta. Si tú oviesses boz clara, no avría en las aves quien te levasse ventaja ni primor.
Y él, gozándose de la vana alabança y queriendo complazer al raposo y mostrarle su boz, començó a cantar. Y abriendo la boca, cayósele el queso que tenía en ella, y no era bien en el suelo quando el raposo lo tenía ya. Y codicioso del queso, en su presencia lo comió luego. Entonces el cuervo gemió de la vana alabança con gran pesar que tenía, el qual no le aprovechava.
Amonesta esta fábula que ninguno deve oyr ni creer las palabras engañosas y de vana alabança, ca la vana y falsa gloria causa y trae verdadero enojo y dolor.
Quando alguno de lo que en él no cabe es alabado,
juzgue que la tal alabança trae engaño.
La profesora María Jesús Lacarra afirma que en la Edad Media
Esopo pertenecía al grado inferior de los «autores menores», empleado para la enseñanza de la gramática y de la retórica, dado que sus fábulas, gracias a su sencillez, brevedad y fácil moralización, eran un adecuado material didáctico. A partir del siglo xiii los autores medievales comenzaron a adaptarlas a las lenguas romances y a enriquecerlas teniendo en cuenta tanto fuentes manuscritas como orales. Nacieron así los Isopetes anónimos, bien conocidos, por ejemplo, en Francia, donde se conservan numerosos manuscritos. En Alemania también fueron muy populares las fábulas en vulgar, como lo atestiguan los numerosos manuscritos conservados.
Los Isopetes historiados remiten, en definitiva, a la obra compilada por el médico y humanista alemán Heinrich Steinhöwel, impresa por primera vez en Ulm hacia 1476-1477 con bellísimas xilografías, y que pronto tuvo una amplia repercusión con versiones al francés, inglés y español. Así, los impresos incunables españoles aúnan distintas fuentes que ya recogía el libro de Steinhöwel: fábulas atribuidas a Esopo, Fedro y Aviano; la colección de exempla de Pedro Alfonso, Disciplina clericalis; los cuentos en latín o facecias de Poggio Bracciolini y la novelesca Vida de Esopo que precedía al conjunto. El primer incunable español conocido hasta el momento es el Ysopete ystoriado impreso en Zaragoza en 1482 por Pablo Hurus y Juan Planck, del que solo se conserva un ejemplar en la Biblioteca del Seminario Metropolitano de Pamplona.
Como vemos, se trata de una esópica atracción que ha durado siglos y de la que tampoco pudieron sustraerse pintores como Velázquez, Ribera o Goya, con singulares retratos del fabulista que continúan incrementando su leyenda.