LENGUA
Por Alberto Montaner
En la anterior entrega asistíamos a la llegada y aclimatación en español del término de origen francés élite. Frente a lo que ha sucedido con otros galicismos, este no ha tenido adversarios en cuanto a su uso, aunque en el último cuarto del siglo pasado sí hubo cierta polémica sobre su pronunciación y consiguiente ortografía, en que la tilde gráfica pasó a convertirse durante un tiempo en una especie de šibbolęṯ, el punto diacrítico que, en el alfabeto hebreo, permite disinguir la šin (שׁ) de la śin (שׂ), llamado así (literalmente ‘espiga’) a causa del siguiente pasaje bíblico:
Se apoderaron los galaaditas de los vados del Jordán junto a Efraín. Y aconteció que cuando los fugitivos de Efraín decían: «¿Podré pasar?», los hombres de Galaad le decían: «¿Eres efrateo?». Si él respondía: «No», entonces, le decían: «Di, pues šibbolęṯ» pero él decía sibbolęṯ, porque no podía pronunciar así. Entonces lo tomaban y lo mataban junto a los vados del Jordán. Así cayeron en aquella ocasión cuarenta y dos mil de los de Efraín.
(Jueces, 12: 5-6)
Vaya por delante que la idea de corrección lingüística me parece, considerada en términos absolutos, improcedente. Al margen de la producción ocasional de enunciados agramaticales, todo lo que está en uso en la lengua resulta por definición correcto (es decir, «conforme a las reglas», según la definición del DRAE) en un determinado nivel o subsistema de la misma. Otra cosa es que lo que resulta aceptable en un registro no lo sea en otro, pero esto tiene que ver con la sociolingüística antes que con la gramática, por más que pueda afectar a fenómenos gramaticales y no solo léxicos o prosódicos, como en este caso. Pero sigamos con la historia.
Según veíamos al final de la entrega precedente, la enciclopedia Espasa le dedicaba a élite un largo artículo en su volumen XIX, de 1915. La palabra aparece desde entonces con cierta frecuencia. Para el período comprendido entre 1901 y 1975 el CORDE arroja 143 casos en 66 documentos, aunque a veces aún en cursiva o entrecomillados. Esta prevención se debía, sin duda, al muy tardío reconocimiento de la Real Academia Española, que no incorpora la voz al DRAE nada menos que hasta la vigésima edición (1984), con la definición de «minoría selecta o rectora». Además, el lema carece de tilde, elite, lo que marca una acentuación paroxítona o llana. La decisión no deja de resultar algo sorprendente, a la vista de la grafía documentada a lo largo del siglo xx. En efecto, según veíamos en la entrega precedente, tras algunas oscilaciones decimonónicas, de dudoso alcance prosódico, la voz se había generalizado con tilde gráfica en la primera e. Según el mismo CORDE, la forma elite solo se documenta, aparte de una mención aislada de Unamuno en 1933, en cinco ocasiones (en una de ellas, entrecomillada) entre 1961 y 1973. La causa de esta decisión se explica en la siguiente edición manual del DRAE, en 1989, donde se declara expresamente «No debe llevar acento. No es palabra esdrújula». Pero, ¿realmente no era una voz esdrújula?
Como hemos visto, el término llevaba escribiéndose con tilde gráfica en textos españoles desde hacía más de un siglo. Es cierto, no obstante, que ese acento podía deberse a mero mimetismo de la ortografía original francesa. La cuestión, entonces, es determinar cómo se pronunciaba usualmente, al margen de su grafía. Nos lo aclara María Moliner, que en su magnífico Diccionario de uso del español (DUE), de 1966-1967, se había ocupado de esta palabra mucho antes que la RAE:
élite. Palabra francesa, participio antiguo de «élire», usada frecuentemente para designar a la «buena sociedad» de algún sitio: se pronuncia generalmente «elit», pero también se oye la españolización «élite», no incluida en el DRAE.
La situación que describe la lexicógrafa aragonesa es la propia de la primera mitad del siglo xx. En la segunda, sin duda, las proporciones se invierten, pese a la proscripción académica, que trajo consigo un aluvión de llamadas de atención de puristas celosos del idioma y, como es lógico, un aumento considerable de la aparición escrita (pero no oral) de elite, aun así, según los datos del CREA, minoritario frente a élite (en relación de 1¼ a 1). Personalmente, en el casi medio siglo de vida que llevo a cuestas (iniciado un poco antes de la aparición del DUE) y moviéndome a menudo entre gente de notable nivel cultural, he de confesar que jamás he escuchado a nadie pronunciar /eˈlite/. De hecho, la única persona a quien he oído defender de viva voz la grafía sin tilde, pronunciaba aún [eˈlit], a la francesa, lo que no debe de ser un caso único, porque en el Diccionario del español actual (DEA) de Seco, Andrés y Ramos, se recoge (todavía en la segunda edición, de 2011) una entrada élite1 con la indicación parentética «fr[ancés]; pronunciación corriente, /elít/». La propia Academia fue sensible a la situación descrita y en la vigésima segunda edición del DRAE (2001) incorporó el doble lema «élite o elite», con significativa anteposición de la forma esdrújula. Posteriormente, aunque defendiendo la dudosa existencia tradicional de la pronunciación llana a la española y con otras imprecisiones menores, el Diccionario panhispánico de dudas (DPD) ha ofrecido una explicación básicamente correcta del asunto:
élite o elite. Ambas acentuaciones son válidas. La voz francesa élite, que significa ‘minoría selecta o rectora’ y se pronuncia en francés [elít], se adaptó al español en la forma llana elite [elíte]; pero la grafía francesa élite, que circuló como extranjerismo durante un tiempo, dio lugar a que muchas personas pronunciasen esta voz francesa interpretando la tilde a la manera española, es decir, como palabra esdrújula. Aunque esta pronunciación es antietimológica, es hoy la más extendida incluso entre personas cultas; por ello, la grafía élite y la pronunciación esdrújula correspondiente se consideran también correctas.
Como puede apreciarse, la fórmula originalmente adoptada en el DRAE no dejó de resultar un tanto baciyélmica, porque no reflejaba ninguna de las pronunciaciones reales del término: ni la afrancesada sin vocal final, ni la españolizada esdrújula, sino que se quedaba a medias, combinando el prurito etimologizante con el problema de la terminación en -t que resulta ajena a la morfofonología del español. A este respecto, en la 33.ª entrega de En román paladino (1994-1998), señalaba Javier Mangado Martínez, uno de los detractores de «la versión espuria élite», que:
Por etimología oral, la RAE podría haber preferido *elit, pero al castellano le repugna la -t final y (de haberse usado), previsiblemente, pronto perdería su integridad y se convertiría en *elí, siguiendo el mismo destino de cabaré, carné, capó o bidé.
A mi entender, esto se relaciona con una de las causas de que, pese a la decisión académica y a la siempre entusiasta reacción ofensiva de los defensores de una inexistente pureza idiomática, la forma esdrújula haya desplazado a la grave en la lengua hablada. En efecto, más allá de que, como han explicado todos los que se han ocupado del tema, esa acentuación se debiese a la lectura de la grafía francesa desde las pautas del sistema grafonómico español, el hecho es que la palabra resultante quedaba internamente motivada. Ciertamente, salvo en las onomatopeyas, no hay una relación objetiva o sustantiva en la relación entre significante y significado (lo que Saussure denominó, como es bien sabido, la arbitrariedad del signo lingüístico), pero esto no significa que la forma del primero resulte totalmente inmotivada. De hecho, cuando una palabra se vuelve constitutivamente opaca, es fácil que se produzcan modificaciones tendentes a devolverle cierta transparencia semántica, aunque sea a costa de perder sus vínculos etimológicos. Es lo que sucede en el fenómeno conocido como etimología popular o en otros procesos de metaanálisis. Valgan por todos un par de ejemplos. La transformación pseudoetimológica de base semántica se produce en el caso de altozano ‘cerro o monte de poca altura en terreno llano’, por transformación de antuzano ‘espacio situado delante de una casa u otro edificio; atrio de una iglesia’, al ser relacionado con alto, debido a la localización preferente de los templos en lugares elevados, aunque etimológicamente es un compuesto de ante ostium ‘delante de la puerta’, con el sufijo -ano con el que se crean adjetivos relativos (como los gentilicios o de pertenencia), lo que conviene bien al espacio así llamado: ‘el que corresponde a estar ante la puerta’. El segundo ejemplo, este de base morfológica, es la aparición de la -l- de almendra, derivado del latín amyndăla (por amygdăla), por influencia de los numerosos arabismos que comienzan por el artículo al-. Recuérdense, a este propósito, los versos de Cervantes en El rufián dichoso: «de almendra morisca y pasa / vuestras mangas se vean llenas».
Análogamente a estos casos, pero en el plano prosódico, élite tenía la doble ventaja de no reducir, en la práctica, su cuerpo fónico a [eˈli], y de alinearse tónicamente con las voces más elitistas del idioma, los esdrújulos. Este carácter se debe a su mayoritaria condición de cultismos. En las voces de carácter patrimonial, la postónica interna de los proparoxítonos latinos tiene a perderse, provocando fenómenos de síncopa que a menudo dan lugar a una reacción en cadena de transformaciones fonéticas, como en cunicŭlus > conejo, vultŭrem > buitre o miracŭlum > milagro. En cambio, entre los latinismos y helenismos introducidos por vía culta, a menudo a partir de la lengua escrita, es relativamente frecuente la presencia de voces esdrújulas, bastantes de ellas, además, de carácter técnico. Piénsese en paralelepípedo, cúbito (cuyo derivado tradicional es codo), cucúrbita o hexámetro, por poner solo unos pocos ejemplos. La pronunciación de élite por su valor facial desde la ortografía española cargaba a este término de las connotaciones de prestigio social y cultural que correspondían a su significado denotativo. A mi entender, ello ha contribuido decisivamente, pese a la presión de las élites de la elite, al triunfo definitivo de la acentuación esdrújula, que aumenta la cohesión intralingüística a la palabra y con ello, al sentir de los hablantes, la dota de mayor plenitud expresiva.