LENGUA
Por Pedro Álvarez de Miranda
En un par de ocasiones refiere Unamuno que cuando alguien le señalaba que alguna palabra por él empleada no figuraba en el diccionario de la Academia su réplica era: «Ya la pondrán». Pertinentísima reacción, que implica una coda tácita («… y si no la ponen, a mí me trae sin cuidado») y echa por tierra la burda y extendida creencia de que lo que no está en el diccionario sencillamente ‘no existe’.
En Unamuno, «tragedia en veinte cuadros» que ojalá algún día suba a los escenarios, su autor, Pollux Hernúñez, se hace eco en la escena última de ese desplante de don Miguel. Recluido este en su domicilio salmantino tras el penoso incidente del «Día de la Raza» de 1936, recibe en la última tarde de su existencia (31 de diciembre de ese mismo año) a un viejo conocido, el cacique salmantino Diego Martín Veloz. El cuadro comienza así:
Martín Veloz (riendo): Conque canguingos, ¿eh?
Unamuno: Sí, señor, canguingos, can-guin-gos.
Martín Veloz: Pues esa sí que no viene en el diccionario.
Unamuno: Ya la pondrán.
La palabra canguingo(s) es un raro salmantinismo que Unamuno había empleado en Niebla: «por cuatro pesetas no pueden pedirse gollerías ni canguingos en mojo de gato, y él era muy exigente». En otro lugar —el Cancionero— emplea el propio don Miguel una forma ligeramente distinta, candingos. En cualquier caso, el vocablo designa un guiso indeterminado, en realidad inexistente y más o menos fantasioso y exquisito, al tiempo que estrafalario (nótese, junto a él, lo de «mojo de gato»). En Béjar y otros pueblos de la provincia, si alguien pregunta qué hay para comer puede recibir como respuesta: «Canguingos y patas de pez». Naturalmente, canguingo(s) no está en el diccionario común, ni falta que hace (y por más que sí figuren en él otras voces de la misma provincia, trasvasadas desde el repertorio de Lamano).
Pues bien, un poco más adelante, en la misma escena de la obra teatral de Pollux Hernúñez, el visitante, acercándose al balcón, dice a Unamuno: «Menudo biruji. Esta noche se van a helar las uvas». Y ante esa frase don Miguel comenta:
Eso de biruji también tendrán que ponerlo en el diccionario.
Acierta el don Miguel de ficción al dar por supuesto que biruji no estaba en el léxico oficial, pues en efecto falta en el diccionario académico de 1936, entonces recién aparecido. Y siguió faltando en él hasta la llegada de la penúltima edición, la de 1992, en la que entró de este modo: «biruje o biruji: m. fam. Viento muy frío». La 22.ª, de 2001, no hace sino sustituir la marca «fam[iliar]» por la de «coloq[uial]». Antes de eso, el Diccionario manual de la propia Academia había registrado en su tercera edición (1983) biruji, y ya en la cuarta (1989) la entrada con doble lema, biruje o biruji.
La pregunta es si nuestra palabra podía figurar en el diccionario en tiempos de Unamuno, si ‘existía’ entonces. Es tan conocida hoy y está tan arraigada en el uso popular que se diría existente ‘desde siempre’. El problema viene a la hora de documentar por escrito estas voces que son patrimonio del pueblo o características del registro más coloquial. Y en este caso parece que estamos ante un vocablo relativamente ‘moderno’: no conseguimos documentarlo más que muy esporádicamente en la primera mitad del siglo pasado, y ya con más regularidad desde la década de 1950. Por otro lado, al faltarle tradición escrita presenta numerosas vacilaciones gráficas, amén de la variante fonética que refleja el doble registro académico y de otras con las que enseguida nos vamos a tropezar.
En el primer testimonio localizado encontramos la palabra con acentuación aguda y escrito con v- y -g-: virugí. Se trata de un reportaje de El Imparcial del 28 de febrero de 1928, que se titula «Las miserias de Madrid» y firma Fernando Barango-Solís. Habla un mendigo:
Yo dormía antes en una choza de un amigo mío; pero tuve que marcharme porque era imposible. En un espacio de menos de dos metros «cuadraos» nos acostábamos «toas» las noches siete y ocho individuos, y como no había «burda» [?] entra[b]a un «virugí» que era morirse.
En La Libertad del 25 de noviembre de 1934 un «madrileño por los cuatro costados» responde al periodista:
¿Se acuerda alguien de los pobres? Con el «birugi» que va a hacer «pa» Navidad, ¡cuántos se morirán de frío!
Es entonces cuando debemos dar un salto hasta los años cincuenta. En la sección «Madrid al día» del diario Abc publicaba una columna Lorenzo López Sancho con el seudónimo de Isidro, y en la del 24 de mayo de 1956 leemos:
Cuando todo el mundo habla mal del último ensayo de explosión nuclear, realizado poco más o menos en los antípodas, echándole la culpa de los chaparrones y el «biruji» que padecemos en la villa, los doctores del Observatorio nos consuelan anunciando que va a volver el buen tiempo.
En otros dos artículos del año 1958 y del propio Isidro vuelve a aparecer la palabra con la misma grafía, y escrita también entre comillas. De ese mismo año es el Diario de un emigrante de Delibes, donde aparece con v-: «de vez en cuando soplaba un viruji que se metía en los huesos», así como el repertorio de «Voces alavesas» de Gerardo López de Guereñu, que trae biruji. Y del anterior, 1957, un libro de relatos de José María de Quinto, Las calles y los hombres, en el que lo que nos encontramos es «¡Vaya virugi!», una novela de Carlos M. Ydígoras, Algunos no hemos muerto («este “biruji” […] no lo aguanta ni un oso blanco»), y un artículo de La Vanguardia (12 de enero) en el que puede leerse: «¡Qué biruji [en Madrid] entrándose por los huesos…!». Podrá ser mera casualidad, pero se diría que en torno a esos años (1956-1958) la palabra hace eclosión en el uso, al menos en el uso escrito.
Tendríamos, en cualquier caso, hasta ocho variantes llanas, todas las posibles: biruji, biruje, viruji, viruje, birugi, virugi, biruge, viruge. Las cuatro primeras aparecen documentadas en el impagable Diccionario del español actual de Manuel Seco, Olimpia Andrés y Gabino Ramos, con textos de Díaz Cañabate (biruji), Zamora Vicente (biruje), Fernando Quiñones y Joaquín Leguina (viruji) y Torrente Ballester (viruje). El mismo diccionario, por cierto, señala oportunamente que la palabra, además de significar ‘viento frío’, «a veces designa el mismo frío». En cuanto a birugi y virugi, las hemos visto ya en el periódico La Libertad y en José M.ª de Quinto, respectivamente. Nos faltan biruge, que registran Manuel Antonio Marcos Casquero (El habla de Béjar, 1979) y Pilar Montero Curiel (Vocabulario de Madroñera (Cáceres), 1995), y viruge, que es como escribe la palabra Javier Figuero en La Fiammetta (1990): «unos pantis de color carne que […] solía ponerse debajo de los pantalones en los días de mayor viruge».
En cuanto a la prosodia aguda, encuentra confirmación en un par de textos: «Hala, al armario otra vez los trajecitos de verano, y el gazpacho prematuro, optimista y nostálgico, para el gato, que cualquiera se lo traga con este birují» (José Martín-Artajo, Historia de la misteriosa desaparición de Porfiria Santillana…, 1970); «un birují de cero grados que no te menees» (Tomás Salvador, Les presento a Manolo, 1972).
En fin, una última variante documentable —más bien, de nuevo, un conjunto de ellas— es el singular birujis —o sus variantes gráficas— influido seguramente por las muchas palabras españolas que terminan en -is, incluidas varias de carácter popular o coloquial: busilis, intríngulis, pesqui(s), trinqui(s), (de) extranjis, (hacerse) el longui(s), y adjetivos como finolis, locatis, millonetis. Recuérdese la «irradiación» de un sufijo -is, de la que habló Carlos Clavería. El testimonio más antiguo es de José Antonio Vizcaíno, en El salvaje (1964): «¡Hace un virugis que pela!». Un personaje de la novela Cuatrocientos años triunfales (1982), de José María Carrascal, exclama al sentir frío: «¡Vaya birujis!»; cierto J. I. G. firma el 28 de agosto de 1985 en Abc un artículo titulado «El virujis»; en la crónica de una periodista de ese diario, Isabel Montejano, leemos «puede imaginar el lector el “virugis” que corre por la Sierra del Guadarrama por esas calendas del año» (23 de julio de 1991), pero en otra de ella misma «a estas horas hace “birujis” fresquito» (4 de septiembre de 1994); Fernando Sánchez Dragó escribe en Eldorado (1984) «hace un virugis de mucho cuidado», y Ángel García Pintado en El cielo (1995) «corre un virujis de humedad muy canalla». En fin, M.ª del Carmen Marcos Casquero, en El habla de El Maíllo. Contribución al diccionario salmantino (1992), consigna birugis y da estos ejemplos: «Abrígate al salir, que hace (o corre) un birugis…» y «Hace un birugis que corta el cutis».
Aquel día de Nochevieja de 1936 don Miguel se quedó yerto en su butaca mientras el brasero chamuscaba sus zapatillas. Fuera, en la calle, lo que soplaba ¿lo llamaba ya alguien biruji? Sí, sin duda, aunque no sea nada fácil documentarlo por esas fechas. En cuanto a la supuesta observación del gran escritor, «eso de biruji también tendrán que ponerlo en el diccionario», ojalá hubiera podido llegar a oídos de la Academia. Pues es claro que si esta no hubiera tardado tanto en recoger la palabra, fijándola al menos en lo ortográfico, no se habría producido el despliegue de variantes meramente gráficas al que hemos asistido, y la cosa podría haber quedado reducida a las variantes genuinas —aun así, desde luego, abundantes—: fonéticas (biruji, biruje), morfológicas (birujis) o prosódicas (birují).