PATRIMONIO HISTÓRICO
Por José Miguel Lorenzo Arribas
El Libro de Daniel, en su capítulo quinto, describe el pasaje del festín del rey Baltasar, hijo de Nabucodonosor II según el Antiguo Testamento. El monarca, embriagado por la bebida, profana los vasos de oro y plata del templo de Jerusalén que había saqueado previamente su padre. Insólito ajuar para el botellón del prócer y sus amigos. Pero la francachela se interrumpe por un suceso inesperado. De repente, de uno de los candelabros que iluminaban la estancia de los juerguistas aparece una mano que, provista de un instrumento, grafitea una inscripción in superficie parietis aulae regiae, es decir, sobre los muros de la estancia.
En aquel momento, aparecieron unos dedos, como de mano de hombre, que escribía enfrente del candelero sobre la superficie de la pared del palacio real, y el rey veía la palma de la mano que escribía.
Preocupado por el suceso, como no podía ser de otro modo, y seguramente con un cierto resabio de culpa, Baltasar ordena interpretar el escrito, que desde luego no era buen presagio. Sus sabios no consiguen acertar el enigma, desconocemos si por incompetencia o por el vino, y así glosa el pasaje Lord Byron en su poema Vision of Belshazzar:
Chaldea’s seers are good,
but here they have no skill;
and the unknown letters stood
untold and awful still.
And Babel’s men of age
are wise and deep in lore;
but now they were not sage,
they saw, but knew no more…
Y la reina, siempre más sensata y posiblemente sobria, llama al profeta Daniel, que triunfa en el intento y explica que tal mensaje predice la muerte del propio Baltasar esa misma noche. Así lo cuenta el veterotestamentario libro:
Esto es lo que está escrito: Mané, Tequel, Farés. Y esta es la interpretación: Mané: ha numerado Dios tu reinado, y le ha fijado término; Tequel: has sido pesado en la balanza, y has sido hallado falto de peso; Farés, y dividido ha sido tu reino, y se ha dado a los medos y los persas.
Y se aguó la fiesta, claro, aunque nadie hubiera bautizado el vino que tan generosamente corría momentos antes.
Este pasaje tiene traducción gráfica en dos beatos de los llamados mozárabes, fechados en el último tercio del siglo x, miniados en los monasterios de Nuestra Señora de Valcavado (Palencia) y San Salvador de Tábara (Zamora). Por un lado, en el folio 204r del Beato de Valcavado (hoy en la Universidad de Valladolid, también conocido como Beato V), del año 970, a cargo de su ilustrador Obeco. Por otro, Emeterio y la pintora Ende cinco años después reinterpretan iconográficamente este mismo acontecimiento en el Beato de Tábara (o Beato G, custodiado en la Biblioteca Capitular de Girona, folio 253v). En este caso, aunque también son tres dovelas consecutivas en las que se grafitean las palabras, son todas blancas, y se dejan las rojas libres, al contrario de lo visto en el Beato de Valcavado, donde se escribía también sobre una roja.
No queda claro si tales palabras escritas sobre las dovelas fueron pintadas o se inscribieron. Desconocemos si el arco sobre el que se dispone el grafito estaba revocado o no, aunque las dovelas coloreadas parecen así indicarlo, pero el interés radica en que se documenta la práctica de inscripciones parietales ya a comienzos del siglo ii a. C., cuando se redacta el Libro de Daniel. Lo más importante para nuestro propósito, no obstante, es la traducción ilustrada que de la escena hicieron estos dos beatos del siglo x, que muestra como actividad verídica la práctica de inscribir en los muros espontáneamente.
Dios también grafitea, es la conclusión que podemos sacar, o al menos así lo entendieron gentes que vivieron a mil trescientos años de distancia. Un grafito divino, humilde manifestación que arruinó la fiesta que tenían montada los mandamases babilonios en palacio. Si hoy ocurriera, detendrían a la mano y le aplicarían la legislación antivandalismo, exculpando a los ricachones que profanaron los metales jerosolimitanos.