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Martes, 5 de marzo de 2013

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Literatura

Entre rejas (20). Julio Herrera y Reissig. ¿La enfermedad como cárcel?

Por Marta Herrero Gil

A veces la enfermedad no es obstáculo sino aliada de la vocación literaria. En ocasiones el dolor no es cárcel sino posibilidad para el encuentro con la libertad. El vivir siempre al lado de la muerte puede servir para superar el terror que provoca su yugo.

Julio Herrera y Reissig (Montevideo, 1875-1910) nació con un problema grave en el corazón, insuficiencia mitral, que se le reveló tardíamente, para la que no existía en su tiempo un tratamiento específico, y que desencadenó, gracias (¿gracias?) a una terrible crisis en 1900, la vocación literaria del escritor.

Efectivamente, muy joven vino a buscarlo la muerte. Los médicos dijeron que no sobreviviría, que tenía «un corazón absurdo, metafórico, que no es humano». Las lágrimas brotaron en los ojos que lo miraron. Él mismo comprendió que era hora de partir. Pero sanó. Lo serio, lo científico, como él se encargó de escribir años después, hubiera sido morir. Su resurrección fue una paradoja, porque no respondía a los pronósticos de los médicos, algo tremendamente literario.

Y entonces Herrera, que comprendió el significado profundo de lo que le había ocurrido, decidió hacerse escritor. Y dejó de temerle a la muerte, viviendo cada día como una posibilidad para levantar su obra. Sabía desde siempre que no le quedaba mucho tiempo. Sufría dolores terribles que paliaba, por prescripción médica, con fuertes dosis de morfina. Apenas viajó. Su cárcel física (o refugio, que para los modernistas todo lugar apartado del mundo era más bien un refugio) se convirtió en la Torre de los Panoramas, un altillo con un interior pobremente decorado pero que daba acceso a una azotea desde la que se podían ver las imágenes más privilegiadas de Montevideo. Allí escribió el escritor. Allí se reunieron sus amigos y compañeros literatos. Allí soñaron sin parar, celebraron lecturas y tertulias, cebaron mate, hicieron música, fumaron y jugaron a las cartas aunque solo durante un corto espacio de tiempo. La torre se volvió espacio mítico, con tres carteles a la entrada: «Perded toda esperanza los que entréis», decía el primero; «prohibida la entrada a los uruguayos», el segundo; «no hay manicomio para tanta locura», el tercero.

El imaginario de Herrera estuvo siempre patas arriba, y eso marcó su originalidad. Su estado habitual fue la enfermedad, por lo que supo ser humilde ante la muerte y comprendió muy pronto su bella unión con la vida. Las drogas no eran para él paraísos artificiales, sino oasis de paz en medio del dolor, tiempo de más que la enlutada le regalaba para hallar el lado misterioso de las cosas y escribir sus poemas. Supo de la armonía esencial de todo, de la belleza y la fealdad puesta a su servicio, del bien que habita en el mal y el mal que reside en el bien, salió un poco de sí para acercarse a lo eterno, y tuvo conciencia de que a toda plenitud precede una crisis y que todo hecho nefasto puede tener un sentido positivo.

Gracias a su dolor se volvió profeta de la unidad: «así la noche y el día nos dan la aurora al besarse —triunfo magnífico del color—, y entre el inverno y el verano, tiende un puente de rosas la primavera», escribió.

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