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Miércoles, 28 de marzo de 2012

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MÚSICA Y ESCENA

Eppur si muove (XV). Asís Muñoz, ropavejero

Por Alba Bergua Muntoner

«El centón es a la literatura lo que la ropa vieja al cocido», cuenta que le explicó su abuela cuando él era un niño canijo, preguntón y repelente. Garbanzos y carne de morcillo, cebolla, patata, tocino, pollo, pimiento o lo que haya sobrado de la olla, todo junto y con alegría, según doña Mercedes Salguero, probable licencia poética sacada de la ancha manga calé de Asís Muñoz (Granada, 1951).

Un centón, ya se sabe, es algo así como un refrito. En 1638, en la aprobación de la Égloga fúnebre a don Luis de Góngora de versos entresacados de sus obras, de Martín de Angulo y Pulgar, fray Juan de la Plata nos recordaba que el término, usado por Juvenal en una de sus sátiras, aludía «a cierta especie de toga o túnica tejida de varios hilos y colores». Hoy la Academia sigue trabajando en ello; de momento, confirma la etimología cento, -ōnis y, como primera acepción, continúa marcando ‘manta hecha de gran número de piezas pequeñas de paño o tela de diversos colores’. Pero, además de la que nos interesa ahora —la tercera: ‘obra literaria, en verso o prosa, compuesta enteramente, o en la mayor parte, de sentencias y expresiones ajenas’—, planea introducir una cuarta, despectiva, en su vigésima tercera edición: ‘obra falta de originalidad y llena de elementos heterogéneos’.

Y así es, o así ha sido para la crítica durante muchos años. Verbigracia: el despectivo «Jamás pudo volar poéticamente, sino con plumas ajenas, Angulo el centonista» que calzó un furibundo Dámaso Alonso a nuestro esforzado copipasteador de versos gongorinos. El artificio no era nuevo, ni de lejos: antes que Angulo, en 1628, Juan de Andosilla y Larramendi había publicado un centón vuelto a lo divino a partir de versos de Garcilaso; pero antes de Andosilla existían ya centones que petrarquizaban en romance; y antes de eso los hubo a puñados, griegos y latinos, con versos de Homero o de Virgilio, que hablaban sobre temas religiosos o indecentes. Porque, en realidad, lo que no cuenta la Academia es que la gracia del centón reside en ese nuevo significado que proporciona al texto, bien distinto de los versos originales. Por lo demás, las reglas estaban más o menos definidas desde el siglo iv: para componer un centón, no se podía tomar ni más de un verso seguido ni menos de medio. A partir de ahí, a volar.

En los últimos años, asistimos a un vistoso desarrollo de cierta modalidad melodiosa (y casi siempre torpe, demasiado fácil) de centones: tómese a un solista o a una banda con tirón, mézclense en la batidora cuarenta temas suyos, constrúyase una historia con pedacitos de unos y de otros, móntese un musical o una película —o las dos cosas, que es mejor— y háganse la luz y la caja, y todo el mundo a cantar.

Nada de eso ha querido hacer Asís Muñoz (Granada, 1951; ya lo dije) en su Mercado de la Alhambra, título poco feliz, por demasiado transparente, para un disco riguroso, temerario y extrañísimo que centoniza —por lo menos— en dos vías: la literaria y la musical.

Mercado de la Alhambra son doce centones dobles donde Muñoz dialoga con veinticuatro autores. Porque el disco consta de doce temas, cada uno de los cuales está modelado con los versos de un poeta granadino, de Lorca a José Heredia Maya pasando por Elena Martín Vivaldi; y la música de cada canción es, a su vez, un centón de compases (como máximo, cuatro seguidos) de otro músico, también de Granada, que lo mismo puede ser Carlos Cano que Morente que Ángel Barrios.

Rara vez se dejan ver los costurones —como era de esperar, sucede más en el ensamblaje de las músicas que en el de los versos— y no escasean los hallazgos; así comienza «¡Preciosa, corre, Preciosa!», el primer poema del disco de Muñoz, que tiene música de Barrios y letra, no hace falta decirlo, del Romancero gitano:

Ella quisiera bordar,
con flores de calabaza,
caballos enfurecidos
y un olor de vino y ámbar.

«El centón es a la literatura lo que la ropa vieja al cocido», cuenta que le explicó su abuela cuando él era un niño canijo, preguntón y repelente. Y podrá ser verdad, una leyenda o un pájaro de plumas ajenas, pero eso importa poco. Desde luego, no le impide volar poéticamente al granadino Asís Muñoz, ropavejero.

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