PATRIMONIO HISTÓRICO
Por José Miguel Lorenzo Arribas
Hoy hablamos de Matanza. No, no vamos a tratar de una masacre grafiteada en un muro, aunque ejemplos bélicos hay también incisos sobre revocos medievales. Matanza de Soria es un pueblecito situado en el sudoeste de la provincia de Soria, saludando ya la frontera burgalesa. Preferiríamos que fuera el sacrificio ritual del cerdo lo que diera nombre al topónimo, pero versiones orales hay (recientes parecen, también es cierto) que lo hacen proceder de otra «ritual» explicación muy del gusto de la vieja Castilla: una victoria contra «los moros» de esas que se pierden (ojalá que para no encontrarlas nunca más en el futuro) en la noche de los tiempos, léase en la Edad Media.
El principal edificio de esta localidad, como en tantas otras, es la iglesia parroquial, aunque de visita no debemos dejar de admirar la excelente arquitectura popular en una tierra en la que se trabajó el adobe con solvente maestría. Dicho templo, bajo la advocación de San Juan Bautista, conserva testimonios de todas las épocas, desde su origen románico, con airoso ábside, hasta el día de hoy. Unas, más afortunadas. Otras, menos. Pero después de admirar la robusta pila bautismal románica, o el soberbio retablo barroco, podemos epatarnos con una sorpresa digna de atención: un sorprendente conjunto grafitero efectuado con pintura de almagre, de trazo grueso, que reproduce algunos pájaros y un abigarrado grupo de formas geométricas de difícil interpretación, si es que tiene alguna. Su singularidad provocó una intervención reciente para restaurar el conjunto, a la vez que se trabajaba sobre otros elementos del templo. Si extrañas son las cruces o esvásticas inscritas en cuadrados, lo más inusual de todo el conjunto es su ubicación: en pleno presbiterio, espacio privilegiado al que pocos tenían acceso, ya que la cabecera de los templos se reservaba para los sacerdotes. Efectivamente, entre los dos arcos ciegos que decoran el muro norte del mismo se disponen las «pintadas». Los otros arcos gemelos que se dispusieron simétricamente en el muro meridional fueron destruidos cuando se abrió la sacristía a finales de la Edad Media. Quizá acogieron más dibujos que nos hubieran dado más información… o nos habrían provocado más dudas, porque ¿quiénes se entretuvieron en pintar estos visibles trazos? o, lo que es pregunta más pertinente, ¿por qué y para qué? De hacerse hoy esto pocos dudarían en calificar de gamberrada, si no profanación, la acción. Es difícil explicarnos cómo pudieron coexistir estas llamativas pintadas con el decoro y dignidad que el oficiante requiere para celebrar el culto, pero ahí están, sobre uno de los revocos más antiguos de la iglesia. Del análisis de los mismos se puede deducir que su factura es medieval, pero ¿es posible que hayan permanecido visibles tantos siglos?
Lo que parece claro es que estos grafitos, testimonios humildes, toscos si queremos (evitemos «rústicos», que tanto se abusa del adjetivo y su polisemia), nos permiten sumergirnos en las abisales profundidades de nuestra ignorancia. Desatendidos por los expertos, ausentes de los libros de historia del arte, omitidos en las guías turísticas, y pasados por alto por los visitantes —que los evitan con sus cámaras como incómodos estorbos—, han resistido a duras penas —los que lo han podido hacer— y se aparecen ahora en forma de preguntas. Como tantas veces en la historia, lo despreciado se erige en honda de David para asestar un certero golpe en la frente de la tradición erudita. Preocupados por estudiar «lo importante» y a «los importantes» nos hemos olvidado de los/as necesarios/as, la gente común, la que ha hecho posible las anuales vendimias, la que construyó palomares, pobreras y palacios, amasó pan, crió hijos, remendó zapatos, abancaló laderas… o grafiteó con almagre en las cabeceras eclesiásticas. Y ahora se vengan, interrogándonos.