LENGUA
Por Pedro Álvarez de Miranda
Hace dieciséis años, a raíz de ciertos comentarios periodísticos, publiqué un artículo en que traté de añadir algunos argumentos que querían ser relativamente novedosos en favor del empleo, escribiendo en español, de los nombres españoles de las provincias catalanas y gallegas («Algo más sobre Lleida y Lérida», Español Actual, 66, 1996). Unas y otras habían sido objeto de sendas y sucesivas disposiciones políticas por las que se establecía que a partir del momento de su promulgación pasaban a tener un «nombre oficial», y que tales nombres oficiales eran los de las respectivas lenguas vernáculas. En poco tiempo, Lleida, Girona, A Coruña, Ourense habían saltado, y para quedarse, no solo a las páginas del Boletín Oficial del Estado y a la señalización de carreteras de todo el país, sino también a las columnas de determinados periódicos y hasta a la conversación general de algunas personas.
Volver sobre el asunto puede resultar un tanto cansino —además de, seguramente, inútil—, pero se ha puesto otra vez de relativa actualidad y querría, a pesar de todo, retomarlo desde esta tribuna. El 5 de julio pasado se promulgó una ley (19/2011) que —con sorprendente retraso frente a las anteriores, si bien se mira— venía a establecer algo similar para las tres demarcaciones provinciales del País Vasco.
Resumiré aquí brevemente mis argumentos de 1996:
1. En realidad, no tiene sentido, en sí mismo, el establecimiento de un «nombre oficial». No lo tienen, ni lo necesitan, ni previsiblemente lo tendrán nunca, Madrid, Sevilla, Zaragoza, Cuenca, Zamora… En materia lingüística, lo mejor que podrían hacer los poderes públicos es abstenerse de la tentación de legislar y reglamentar.
2. En cualquier caso, de ninguna manera debe admitirse que, por existir un «nombre oficial», dicho nombre pase automáticamente a convertirse en nombre único. En virtud de la constitucional cooficialidad de dos lenguas en determinados territorios, sería bien lógico reclamar para ellos, ya puestos, una duplicidad de nombres oficiales, o lo que es lo mismo, la cooficialidad de sus dos nombres.
3. Es especioso el argumento de que Lleida o A Coruña merezcan distinta consideración que London, Firenze o Genève (frente a Londres, Florencia, Ginebra) por el hecho de ser el catalán y el gallego también lenguas nuestras; el ámbito de consideración es aquí, justamente, el de las lenguas o idiomas, no el de los países o naciones.
4. También es solo aparentemente seductor el de que, en justa reciprocidad, deba usarse siempre y únicamente Zaragoza, incluso cuando se esté usando el catalán. No, no, en absoluto: como ya he dicho antes, Zaragoza nunca tendrá, por ventura, nombre «oficial», y cuando se hable o se escriba en lengua catalana deberá decirse y escribirse Saragossa, porque dicha lengua no debe verse mutilada de los nombres específicos de que disponga para referirse a entidades geográficas de cualesquiera territorios. Del mismo modo y por la misma razón, no se puede empobrecer la lengua castellana cercenándole palabras que forman parte de ella. Y palabras son, aunque no léxico común, Lérida y Orense. Son palabras españolas, y, como las de cualquier otro idioma y clase, tienen derecho a la supervivencia.
5. Es curioso el fetichismo de la letra escrita que afecta a esta cuestión, frente al predominio del plano determinante y básico en materia lingüística, que es el oral. A Dios gracias, nadie ha tenido la peregrina idea de que, hablando en castellano, hayamos de decir /barselóna/ y no /barθelóna/. Pero sería lo plenamente coherente en quienes dicen /lléida/ (o, peor, /yéida/) y /yiróna/ (o, peor, /chiróna/). Nos libra de aquella extremosidad el hecho fortuito, y lingüísticamente irrelevante, de que «Barcelona» se escriba igual en ambas lenguas, aunque no se trate en ambos casos de la misma palabra, pues Barcelona (castellano) y Barcelona (catalán) son palabras distintas, ya que distintamente se pronuncian.
6. En fin, si lamentable es el empobrecimiento que se inflige al castellano desposeyéndole de la palabra Orense, resueltamente grotesco es pretender hurtarle el gentilicio orensano en beneficio de ourensano. Pero quienes con más ardor acogieron las nuevas disposiciones oficiales llegaron a imponerse también esa penitencia, pues algo les susurraba en su interior que haciéndolo así su progresismo quedaba ya acreditado de manera indiscutible. Monumental equívoco que subyace a no se sabe qué recovecos de una conciencia masoquista y ha propiciado la desdichada infidelidad lingüística que a tantos españolitos aqueja.
7. En fin, tras una época en que se puso de moda en ciertos medios escribir, usando la lengua castellana, Catalunya —¡y acaso hasta pronunciar, los más ignorantes, /katalún-ya/!— en vez de Cataluña, las cosas habían vuelto a su cauce y hoy parecen seguir venturosamente en él; lo que resulta bastante contradictorio, pues dado que el nombre «oficial» de esa comunidad autónoma será, evidentemente, Catalunya, no acaba de entenderse muy bien que en un texto castellano Lleida y Girona convivan con Cataluña. Miedo produce solo decirlo: no querría dar ideas, y que volviéramos a las andadas también con el nombre del Principado.