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Viernes, 25 de marzo de 2011

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Cine y televisión

Víctor Erice o el cine de autor

Por Inmaculada Álvarez Suárez

Al hablar de «cine de autor» nos referimos a esas películas donde el director establece un vínculo creativo con su obra dándole su particular sello de identidad, con unas características propias que lo apartan de un cine convencional. Víctor Erice es sin duda uno de estos directores que hacen del cine un arte sublime. Con una escasa obra fílmica —solamente tres largometrajes y algunos cortos— Erice es reconocido por los críticos y, lo que es a menudo más difícil, por los propios espectadores, como un maestro en la dirección que crea en cada una de sus películas una atmósfera particular y definible como suya: este sería también un elemento indispensable del cine de autor.

Su trayectoria se inicia con El espíritu de la colmena (1973), una película sobre la posguerra española en un pueblo de la meseta castellana —de la que Erice rueda unos impresionantes planos—, que narra la relación entre dos niñas hermanas, Ana (personaje que consagró a la actriz Ana Torrent) e Isabel (Isabel Tellería), en el caserón donde viven con sus padres, Fernando (Fernando Fernán-Gómez) y Teresa (Teresa Gimpera). La proyección en el pueblo del clásico Frankenstein, a la que asisten las dos niñas, sirve como catalizador para la relación de Ana con el mundo que la rodea y que Erice nos hace ver a través de sus ojos (aquella mirada templada y profunda de Torrent). Mediante la huida de la pequeña para poder ver al monstruo una noche, el cineasta hace que realidad y ficción se unan y se encuentre a un hombre que se esconde de la represalia cruel de la posguerra. Con este proceso de descubrimiento de la realidad a través del mundo imaginado por Ana, Erice construye un poema fílmico con planos y escenas de un gran potencial visual narrativo: la luz, y su ritmo simbólico, se convierte en el sello particular de Víctor Erice. De esto modo, nos envuelve con la suavidad miel de los cristales de las ventanas en forma de panales, presentes en el salón de la casona, donde Ana imagina su mundo de fantasía… Y, fuera, el páramo castellano, con su mar de hierba seca casi gris. El ritmo narrativo, los planos cortos de los ojos de la niña, y los largos con los paisajes castellanos, el simbolismo del metacine (cine dentro del cine, con la vieja película de Frankenstein), la luz que crea la atmósfera del filme… todo ello configura el lirismo de la obra.

Igual ocurre diez años más tarde con su siguiente película, El Sur; en ella, a través de la imaginación de la niña Estrella (Sonsoles Aranguren e Icíar Bollaín, adolescente), iniciamos un viaje al Sur, que es la tierra de su padre, Agustín (Omero Antonutti), de la que salieron hace años para establecerse junto a su madre, Julia (Lola Cardona), en un pueblo del Norte. A partir de la personalidad enigmática del padre de Estrella, sus silencios, sus misterios, y siempre con el Sur como esperanza y sueño, Erice elabora el guión de esta magnífica película. Con la fotografía de José Luis Alcaine, el director crea un poema visual donde las distintas cadencias de la luz transmiten las emociones de las escenas que van desarrollando la película: el amanecer en la habitación de Estrella, el camino de árboles que llevan a la casa, el atardecer en el pueblo, siempre la luz débil, tenue… frente al blanco del vestido de comunión de la niña cuando su abuela y la tata llegan de ese soñado Sur andaluz, con las postales de su pueblo con sus casitas blancas de palmeras y chicas con vestidos de flamenca. La casi ausencia de banda sonora enfatiza aún más los planos y el lenguaje del color; son silencios que parecen hablar por sí solos. Considerada por Erice como inacabada (no pudo rodar el final en el Sur por problemas de financiación), El Sur es sin duda una de las obras maestras del cine de autor español.

Rodó posteriormente El sol del membrillo (1992), sobre el pintor Antonio López, donde el director captura la relación entre pintura y cine, quizás la metáfora que define su propia obra.

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