Ciencia Y TÉcnica
Por Pablo Martín Sánchez
El 1 de diciembre de 2005 el helicóptero en el que viajaban Mariano Rajoy y Esperanza Aguirre cayó al suelo nada más despegar de la plaza de toros de Móstoles. «Gracias a Dios estoy viva y entera», declaró la presidenta de la Comunidad de Madrid. «He intentado sentarme lo mejor posible», se lamentó el líder de la oposición, con un dedo fracturado. «Eso les pasa por ir a los toros en helicóptero», les acusó Josep Borrell, por entonces presidente del Parlamento Europeo. Pero ninguno se acordó de Juan de la Cierva, que ochenta años antes había inventado el autogiro, ancestro directo de aquel helicóptero biturbina, modelo Bell 206 Twin Ranger, que acababa de estrellarse.
Es cierto que la idea del ornitóptero (una máquina voladora más pesada que el aire que se sustenta mediante alas batientes, como los pájaros) era conocida desde tiempos inmemoriales y que ya a finales del siglo xv el gran Leonardo da Vinci había dibujado un prototipo de vehículo volador con alas giratorias, al que denominó helix pteron (‘ala espiral’, en griego, que daría lugar al nombre de helicóptero). También es cierto que la tarea fue retomada en el siglo xviii por los ilustrados Launoy y Bienvenu, y por sir George Cayley en Inglaterra. Ya en el xix, Phillips, Forlanini o Edison fabricarían modelos accionados por motores eléctricos o de vapor, pero ninguno fue capaz de transportar a un hombre. Finalmente, en 1907, el francés Paul Cornu, fabricante de bicicletas, construyó un aparato propulsado por dos rotores laterales que consiguió elevarse… pero apenas treinta centímetros durante veinte segundos.
El joven Juan de la Cierva tomó buena nota de estos experimentos fallidos y llegó a la conclusión de que ni el ornitóptero ni el helicóptero eran la solución, debido a su complejidad mecánica y aerodinámica. Fue entonces cuando tuvo la idea de construir un aparato de alas giratorias que no estuviesen propulsadas por ningún motor, sino que autogirasen por la propia acción del viento. Lo bautizó con el nombre de autogiro, abreviatura de autogiróptero, nombre que le pareció «demasiado griego, demasiado largo, demasiado pesado». Y fue tal el empeño que le puso, que llegó a vender su propio automóvil para poder financiarse los ensayos.
La primera prueba tuvo lugar en Getafe en el mes de octubre de 1920 y el resultado dejó mucho que desear, pero al menos sirvió para demostrar que la autorrotación no era una quimera. El gran problema con el que se encontró De la Cierva fue el mismo con el que habían topado sus predecesores: el autogiro se sustentaba gracias a dos rotores que giraban en sentido contrario, pero la pala que avanzaba contra el viento producía más sustentación que la pala que retrocedía, por lo que el aparato tendía a inclinarse hacia un lado. Había que hallar una solución al problema y De la Cierva la encontró construyendo un «rotor único compensado, con resultante aerodinámica centrada». Por fin, el 31 de enero de 1923 el autogiro se elevaba a veinticinco metros de altura y recorría cuatro kilómetros en un circuito cerrado, haciendo realidad el sueño de Da Vinci.
Pero quizá lo más importante fue que los descubrimientos realizados por Juan de la Cierva serían aplicados a partir de entonces a la construcción de aquellos aparatos que el inventor español detestaba por ser demasiado complicados: los helicópteros. Así, en 1936, se elevaba por primera vez el Fa61, un helicóptero construido por Henrich Focke que se convertiría en el primero en salir del campo experimental y recibir un certificado de navegabilidad. «Yo emprendí la tarea de hacer el primer helicóptero práctico —diría Focke tiempo después— porque De la Cierva no quiso hacerlo él mismo. Con su genio y sus conocimientos, probablemente hubiera podido hacerlo mejor y mucho más rápidamente».
Pero no lo hizo, y en la plaza de toros de Móstoles aún lo están lamentando.