PATRIMONIO HISTÓRICO
Por José Miguel Lorenzo Arribas
Una de las actuales comunidades autónomas españolas con larga historia es la de Castilla y León. Sin adentrarnos en profundidades, diremos que el origen fue la unión de dos monarquías: la leonesa (previa) y la castellana (más joven). El escudo de ambas remite fácilmente a su identidad. O no, porque en el reino de León no hay (ni hubo) leones, aunque en Castilla sí hubo, y hay (¡ay!) castillos. León se representa por la silueta rampante del animal (desde el s. xii), aunque el origen etimológico de la ciudad primero, y el reino al que dio nombre después, nada tuvieran que ver con el felino. León deriva de legio (legión), puesto que el asentamiento primero que diera origen a la ciudad lo formó la romana Legio VII Gemina.
Por el contrario, y asida a la realidad de manera incontestable, una de las estampas más románticas que ofrece el paisaje de la antigua Castilla es el perfil de coronación de los oteros que interrumpen las parameras, silueta frecuentemente rematada por un castillo. Bueno, mejor dicho, por la ruina del mismo, pues cuántas veces no es sino un derruido torreón, o cubo de esquina, el único vestigio que todavía permanece en pie. Desdentados paramentos de sillería, agonizantes bloques de mampostería o mazacotes de encofrado de cal y canto que sólo ofrecen cierta continuidad de silueta unitaria cuando se aprecian a contraluz. Esa estampa, tantas veces cantada o descrita por los románticos, pintada en lienzos grandes y pequeños, grabada en las planchas que luego distribuían las publicaciones ilustradas, viene a ser la metáfora de muchos status quaestionis de la situación actual de la otrora corona castellana.
Castilla sin castillos. Si la grafiosis dejó Castilla llena de cadáveres de olmos, luego tocones, pasto de chimenea finalmente, otra enfermedad parece que aqueja a los castillos, icono monumental y triste metonimia identitaria de un reino. Sería hasta bonito, y romántico, pensar que con los sillares esparcidos de los castillos, símbolos del poder en sus formas más elitistas e impositivas, el pueblo construyó sus casas. Otra metáfora potente. Pero no. La mayor parte de esos muros acabó al pie de sus arranques, sirviendo de lecho a la vegetación implacable que sobre ellos fue creciendo. Orgullo de los pueblos en el folleto turístico de turno, la imagen real y su estado desdice lo que se afirma en el panfleto para visitantes. Por más que la titularidad de los mismos sea pública y la conservación del patrimonio cultural una letanía en boca de políticos y mercaderes de la cultura.