ARTE / Claroscuro
Por Mónica Ann Walker Vadillo
El Real Sitio del Buen Retiro, inaugurado en septiembre de 1633, fue concebido por el conde-duque de Olivares no solo como sitio de recreo para la corte de Felipe IV, sino también como un marco extraordinario para el poder de la monarquía católica. Mientras que en el resto del gran edificio se podía ver expuesta la magnífica colección de pinturas flamencas e italianas, el Salón Grande fue decorado con las obras de los mejores artistas españoles de su tiempo. El programa de esta galería estaba destinado a glorificar la monarquía de los Austrias a través de retratos reales, batallas y temas mitológicos. De los tres temas el que más nos concierne es el mitológico: sobre las puertas-ventana y alternando con las batallas, se colocaron diez cuadros de dimensiones medianas, encargados a Zurbarán, que recontaban las hazañas de Hércules, considerado el fundador legendario de la monarquía hispánica. En las Metamorfosis de Ovidio, Hércules es una figura estoica que salva al género humano con su sabiduría y fortaleza; de la misma manera, Felipe IV acaba con todos sus enemigos, por fuertes que estos sean, gracias a su buen gobierno.
Estos diez lienzos se consideran una excepción sin continuidad en la carrera artística de Zurbarán. En lo que se refiere al cuadro de Hércules luchando con Anteo hay que mencionar que este episodio no pertenece específicamente a los doce trabajos de Hércules, sino a las aventuras secundarias que le acaecieron según completaba sus hazañas. A su paso por el desierto de Libia en busca de las manzanas de oro del Jardín de las Hespérides, Hércules se tuvo que enfrentar al gigante Anteo, hijo de Neptuno, dios de las aguas, y de Gea, diosa de la tierra; el gigante desafiaba a todos los extranjeros que entraban en su reino para darles muerte (había prometido a Neptuno que le haría un templo de calaveras humanas) y era invencible mientras sus pies tocasen la tierra, de la cual recibía toda su fuerza y su poder; durante su lucha con Hércules, este se percató de ello y, alzando en vilo al gigante en un gran abrazo, lo ahogó sin que tocase el suelo.
De entre las diez representaciones de Hércules, esta es sin duda la menos lograda de todas y en su realización tal vez Zurbarán fuera ayudado por algún asistente. A pesar de ello, el cuadro representa perfectamente la victoria de Hércules: el héroe, con expresión casi irónica, sostiene en el aire a Anteo, quien intenta zafarse del abrazo férreo y mortal. Ambas figuras aparecen representadas sobre un fondo rocoso oscuro que se abre al horizonte en la izquierda de la composición. Los cuerpos de Hércules y Anteo no nos muestran dos figuras mitológicas, sino dos personajes reales, de carne y hueso. Zurbarán se libera de todo propósito de belleza ideal en estas figuras y tanto la anatomía pormenorizada de Hércules y Anteo como los rasgos vulgares de los personajes pueden sorprender a un público más acostumbrado a la belleza ideal de los dioses paganos. Las posturas de los luchadores están muy exageradas y se puede percibir un tono de fealdad en el conjunto.
Esto se ha intentado explicar de diversas formas: porque la obra se veía desde arriba y a contraluz, o por las exigencias del programa, o porque los asistentes de Zurbarán no estaban muy dotados de talento artístico. Algunos investigadores han indicado que la composición de esta obra procede del grabado del mismo tema realizado por Hans Sebald Beham. Zurbarán, junto con uno de los susodichos asistentes, copia la posición de los brazos y las piernas de Hércules, así como el brazo y la pierna derecha de Anteo. También copia de la pequeña estampa el paisaje rocoso que enmarca la acción.