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Miércoles, 31 de marzo de 2010

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Música y escena

Eppur si muove (II). Rosendo. Siempre hay una historia

Por Alba Bergua Muntoner

«Mal que bien, / siempre hay una historia que ofrecer. / Y al fin, da igual: / pasa lo que tiene que pasar», dice la canción. Y esta es la historia: el 26 de marzo de 1999, Rosendo Mercado da un concierto en el patio de la cárcel de Carabanchel. El concierto con que se cierra, después de cincuenta años de represión y de alambradas, el lugar donde durante mucho tiempo estuvieron encerrados tantos presos políticos y sociales del franquismo.

En ese mismo barrio de Carabanchel se había criado el cantante, compositor y guitarrista, que a mediados de los setenta empezaba a tocar en conjuntos como Fresa y Ñu y que, en 1977, según cuenta la leyenda, formó su propia banda después de una discusión con José Carlos Molina, miembro de este último grupo, quien había desechado algunas de sus canciones porque eran «un leño». Nace así Leño, una banda mítica —Rosendo Mercado, Ramiro Penas y Chiqui Mariscal, posteriormente sustituido por Tony Urbano— que se mantendrá en activo hasta el otoño de 1983 y a la que debemos canciones tan emblemáticas como Maneras de vivir, ¡Corre, corre!, Cucarachas, Este Madrid o La Fina. A partir de entonces, Rosendo comienza su etapa en solitario con el disco Loco por incordiar, de 1985.

Pero han pasado ya catorce años, estamos en 1999, Rosendo lleva otros diez discos y las dos mil entradas para asistir al concierto de Carabanchel se han agotado enseguida. Los beneficios se destinarán a Basida, organización que atiende a enfermos de sida entre los cuales se encuentran numerosos ex reclusos que contrajeron la enfermedad en la cárcel. «No estamos todos, / faltan los presos», se oye entre el público. Los focos van y vienen.

El músico carabanchelero toca ahora con Rafa J. Vegas en el bajo y Mariano Montero a la batería. Lleva unos vaqueros azules y una camiseta de manga larga, oscura, sin dibujo. La melena le llega al pecho; es, con su buena nariz, uno de los elementos que lo hacen reconocible a distancia. Eso y una guitarra Gibson negra con la que comienza a tocar los acordes de Yo me largo, la primera canción, instrumental, que encadena con Vaya ejemplar de primavera.

Cuando no canta mira hacia abajo; cuando canta mira ligeramente hacia arriba y entorna los ojos, como con una mezcla de timidez y esfuerzo. Termina la primera canción y dice sonriente, alargando las vocales y relajando las consonantes: «Buenanoshe, Carabansheeeel».

No habla mucho entre canción y canción, pero siempre da las gracias entre risas («Muuusha graciaaaa») al final. A veces, hacia la mitad de un tema, ralentiza el ritmo y recita más que canta. Parece que no quiere correr; que ha aprendido a relajarse. «Sé mis limitaciones y ya no me preocupan. Nunca voy a ser ni el más rápido ni el mejor, que era lo que pretendía cuando era joven», señalará, años después, en una entrevista. Sabe que no es cosa de acordes ni de velocidad, sino de honradez. La de esas letras tan características y por momentos tan difíciles, tan herméticas, tan suyas, tan Flojos de pantalón, y a las que tanta importancia concede («me cuesta mucho trabajo», confiesa humildemente en otra entrevista) y a la vez trata con tan poca vehemencia («A veces, incluso me han dado interpretaciones de mis canciones mejores que la mía», continúa con buen humor).

«Más de uno os vais a sentir mayores cuando oigáis el tema que vamos a hacer ahora», dice, y saca la lengua y sonríe y se aparta del micrófono por un momento. Pero vuelve enseguida y recita cuatro versos, los primeros de una de las canciones más conocidas de Leño: «Puñados de cucarachas / van recorriendo las calles, / invadiendo nuestra casa / y contaminando el aire». Esa será la primera; la segunda, la que cierra el concierto, es otra lenta: La Fina. Es el último de los bises; por el camino han quedado Aguanta el tipo Mala vida, Hasta de perfil, A la sombra de una mentira (con Luz Casal), Agradecido o Navegando, entre otras muchas. El músico se despide esperando que el público lo haya pasado «como corresponde» y que la cárcel «se cierre para siempre». Al amigo —«Se os quiere y ustedes lo sabéis»—, al amigo las canciones de Rosendo. Y al enemigo...

Al enemigo, pan de higo.

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