ARTE / Claroscuro
Por Francisco de Asís García García
En el imaginario zoológico medieval, tan connotado desde el punto de vista moral, determinadas especies se caracterizaron por una acusada ambivalencia, hasta el punto de encarnar en su misma figura valores opuestos.
Bien conocidos son los casos del león o de la serpiente, capaces de simbolizar tanto a Cristo como al demonio en función de la «naturaleza» del animal glosada por los bestiarios. Otras especies, sin embargo, se significaron por asumir valores simbólicos más estables. El oso se cuenta entre estos últimos, y su radical consideración negativa fue ya sancionada en la Biblia y en los escritos de San Agustín, Melitón de Sardes o Rabano Mauro, quienes lo equipararon al diablo. Los padres de la Iglesia y otros autores cristianos hicieron de él un compendio de pecados como la ira, la gula, la pereza o la lujuria. Pero el oso no sólo fue objeto de rechazo desde un plano moral. Su fuerza bestial y su amenazadora presencia en los bosques se reflejan en las numerosas leyendas y relatos de enfrentamientos con el hombre. Se dice que el rey Favila murió atacado por uno de ellos, y que el propio rey David hubo de combatirlos cuando pastoreaba el rebaño de su padre.
El registro inferior de la ermita de San Baudelio despliega un elenco de escenas cinegéticas y de figuraciones animales que contrasta por su economía plástica con el ciclo historiado que orna sus muros altos. Los artistas que decoraron el antiguo cenobio de Berlanga adecuaron sus modos pictóricos a la particular configuración del espacio sagrado, alternando entre lo narrativo y lo alegórico, entre la riqueza y la austeridad cromática. Como ha señalado Marta Poza Yagüe, los espectadores que se enfrentaban al registro animalístico del templo eran los propios miembros de la comunidad monástica, cuya mayor formación les habría posibilitado discernir el discurso moral que, en clave zoomorfa y venatoria, apelaba directamente a la vida monacal. De este modo, los vicios y virtudes que jalonan el itinerario vital del monje se verían plasmados en alegorías aprehensibles sólo para una selecta audiencia. Si en animales como el dromedario o el elefante los monjes encontraban alusiones a virtudes como la humildad o la castidad —tan necesarias en la vida claustral—, la presencia del oso en el frente de la tribuna aludía al pecado y al diablo, enemigos por excelencia del alma cristiana. Quizá no sea fortuito, por ello, que un miles Christi se disponga en el espacio mural contiguo, encarnando la lucha espiritual contra el mal en la que el monje se ve implicado día a día. La torpeza en la ejecución pictórica del animal, del que apenas se distinguen más rasgos que su silueta, no disminuye su enfática presencia, realzada por el contraste entre el rojo oscuro de su cuerpo y el blanco del fondo.
Pocas décadas atrás, y con una consideración negativa semejante, un oso había sido llevado al arte monumental en el tímpano occidental de la catedral de Jaca. Allí se lo representó hollado por un león que, identificado con Cristo, vence al mal y al pecado y logra conculcar el poder de la muerte. Esta victoria del león no deja de ser sintomática de un cambio de actitud frente al oso que se hará sentir en el Occidente medieval en la época a la que pertenece la imagen que comentamos. Su papel de rey de los animales en culturas como la céltica o la germana se vio entonces suplantado por el imperio del león, acogido en la Europa meridional desde tiempos remotos como emblema de soberanía y divisa regia. La Iglesia apoyó esta realeza del león en detrimento del oso desde la Alta Edad Media. El oso pasará a ser «domesticado» y ridiculizado, relegado a la compañía del saltimbanqui, como figura en numerosas escenas de juglaría presentes en la plástica románica.