LITERATURA
Por Blas Matamoro
Fernando del Paso (1935). Muchas veces se ha hablado de la novela total y, seguramente porque es un tema sin objeto —no hay novela donde quepa el universo—, se vuelve sobre él a propósito de ciertos libros cuyo volumen y enciclopedismo dan pábulo a la atractiva fórmula. La narrativa hispanoamericana ha ofrecido algunas curiosas muestras de esta variante de la novela en el siglo xx. Si Joyce hizo Ulises, Proust En busca del tiempo perdido y Thomas Mann La montaña mágica, el subcontinente hispano produjo Adán Buenosayres de Leopoldo Marechal, Rayuela de Julio Cortázar, Paradiso de José Lezama Lima y Terra nostra de Carlos Fuentes. En esta línea pueden enfilarse las tres grandes creaciones novelescas de Fernando del Paso y no casualmente el nombre de su compatriota Fuentes aparece al final del ejemplario anterior.
Un estudio de cierta sociedad mexicana posrevolucionaria envuelve la historia personal del protagonista en José Trigo (1966). En Palinuro de México (1977) la excusa personal es el caso de un estudiante universitario que muere en la matanza de Tlatelolco de 1968. Por fin, en Noticias del Imperio (1988) la anécdota gira en torno a Carlota, que fuera emperatriz mexicana durante el efímero reinado de su marido Maximiliano de Habsburgo, la cual, tras la derrota y fusilamiento del monarca, enloqueció y anduvo por las cortes europeas y el Vaticano queriendo reivindicar su trono perdido.
El volumen de los libros citados y el tratamiento plural, de abigarrada acumulación informativa y barroca adición de lenguajes, sean idiomáticos o literarios, deja la referencia histórica en mero pretexto, para dar lugar a una compacta sucesión de noticias que, bajo la apariencia de agotar documentalmente una época y un espacio, derivan hacia el mito y el delirio.
Del Paso, como sus grandes ejemplos europeos, parte con la supuesta convicción de que un lapso histórico se puede conocer acabadamente, que es factible agotar la realidad de un personaje y dar todos los datos acerca de un objeto. Es así como la arquitectura y el urbanismo, la gastronomía y el vestuario, la sexualidad y los espectáculos, la pintura y la literatura, la música y la orfebrería, la guerra y la filosofía y suma y sigue de un periodo, son implacablemente tratados hasta producir un objeto enorme e incompleto que funge de novela. Como Proust y Joyce, señaladamente, el escritor comprueba que palabra y cosa no son correlativas, que hay un desfase entre ellas, que la palabra es más pobre que la cosa pero que ni la cosa ni la persona ni la historia existirían sin la palabra que las nombra, aunque sea imperfectamente.
Del Paso se enfrenta con uno de los grandes problemas que tuvo la novela del siglo xx, una época en que la documentación y los instrumentos miméticos (el disco, el cine, la televisión) alcanzaron una latitud desconocida hasta entonces. Unido ello a la herencia realista y su confianza en la objetividad del observador y lo científico de su aproximación al mundo, dieron como resultado las empresas de la novela exhaustiva o total como asimismo todo lo contario: el punto de vista, el subjetivismo del narrador, la novela coral y las melancólicas experiencias de Funes el Memorioso, ese personaje de Borges que no podía olvidar nada pero que no tenía palabras suficientes para decir lo que no podía olvidar. Y otra constatación también borgiana: un hombre cree estar describiendo el universo hasta que advierte que dibuja las líneas de su cara.