CULTURA Y TRADICIONES
Por Irene Cuervo
Edgar Allan Poe, al comienzo de su célebre relato «Los crímenes de la calle Morgue», pone en boca del narrador una opinión totalmente distinta a la habitual acerca de la supuesta facilidad del «modesto juego de damas» y la dificultad de otros juegos que gozan de mejor prensa. En efecto: para el personaje, a menudo «lo que solo resulta complejo es equivocadamente confundido (error nada insólito) con lo profundo». Con estas palabras apunta directamente, por supuesto, al rey de los juegos de mesa: el ajedrez, con toda su «estudiada frivolidad». Y continúa su argumentación: puesto que el ajedrez tiene tantos movimientos y tantas piezas diferentes, cualquier mínimo descuido o falta de atención puede echar a perder el juego, de modo que en nueve de cada diez casos triunfará el jugador más concentrado, no el más penetrante. Frente a ello, esa aparente simplicidad de las damas, con un solo movimiento y muy pocas variaciones, hace mucho más difícil que el jugador se despiste, así que las ventajas que puedan obtenerse provendrán siempre «de una perspicacia superior».
Algo no muy distinto decía, bastante antes, el padre Feijoo en una de sus Cartas eruditas: «La gran dificultad de este juego [el ajedrez] consiste únicamente en la multitud de combinaciones que es menester tener presentes para determinar el movimiento de tal o tal pieza, y esta presencia de multitud de combinaciones no pende del ingenio, sino de la facultad que llamo atención extensiva, en la qual cabe mucho más, y menos». El final del razonamiento de fray Benito Jerónimo era, sin embargo, bien diferente: «Lo mismo, a proporción, sucede en el juego de las damas, aunque es la complicación de combinaciones mucho menor. Y bien lexos de pedir mucho ingenio este juego, puedo assegurar que el mayor jugador de damas que he conocido era, y es, de muy limitado discurso».
Sea como fuere, polémicas aparte, el ajedrez y las damas están indiscutiblemente ligados entre sí por un damero de 8x8, al menos en el ámbito hispánico. De hecho, existe una opinión muy difundida según la cual el origen de las damas procede de una curiosa mezcla: las fichas del alquerque —un antiguo juego de origen árabe, parecido al tres en raya, citado por Alfonso X el Sabio en su Libro de axedrez, dados y tablas— colocadas sobre un tablero de ajedrez. Nace así una versión con doce fichas por jugador, dispuestas en las casillas blancas de las tres filas más próximas a cada uno; fichas que se mueven en diagonal y hacia adelante, y que capturarán a las rivales saltando por encima de ellas hacia el escaque siguiente, que tiene que estar vacío. ¿Fecha? Comienzos del siglo xvi. ¿Lugar? Casi con toda probabilidad España, o acaso el sur de Francia.
Tal vez la mayoría de nosotros hayamos aprendido las reglas de las damas y las del ajedrez —por este orden, claro— sobre el mismo tablero de 64 escaques. Jugamos, por tanto, a las damas españolas. Pero la versión más extendida del juego, las damas internacionales (antiguamente polacas), como nos recuerda Oriol Comas i Coma en su El mundo en juegos, data del siglo xviii y se juega en un tablero de 10x10, con veinte fichas por jugador. Las reglas son muy similares. Allí también se hace dama cuando, al llegar a la primera fila del adversario, a nuestra ficha se le añade otra encima, lo que le permite moverse y capturar saltando varias casillas (también hacia atrás en el caso de las damas internacionales). Allí también existe una frase legendaria —de esas del tipo «carta en la mesa, presa» o «pieza tocada, pieza jugada»— que sin duda todos hemos recitado y sufrido alguna vez: se trata del famoso «comida (o soplada) por no comer», dirigida a un jugador que, al no realizar una captura, ya sea por descuido o inconveniencia, pierde la ficha con la que podía haber comido.
En fin, existen damas inglesas, damas rusas, damas canadienses, damas brasileñas, etc., que difieren en pequeños detalles, y otras que comparten nombre pero poseen características muy diferentes, como las damas turcas o las chinas. Acerca de la denominación del juego, dice Covarrubias en su Tesoro: «El juego de las damas, con el tablero de axedrez, todos le saben; llamáronle assí por ser fácil, o por el modo del jugar de las pieças, con la libertad de las damas». Y más de un siglo después, Autoridades recoge la cita: «Llámase assí por la libertad y señorío de la pieza que entra dama, o (según Covarr.) por la facilidad de jugar este juego, por lo qual le usaban por entretenimiento las damas».
Dejando aparte otras cuestiones espinosas que sin lugar a dudas nos darían para más de un rinconete —machismo no aparece en el DRAE hasta 1984—, merece la pena recordar, entre las distintas hipótesis, la del estudioso Govert Westerveldt, que vincula la creación del juego y de su nombre a la figura de la dama poderosa de su tiempo: Isabel la Católica.