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Jueves, 18 de marzo de 2010

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ARTE

Guardianes entre el asfalto: Xavier Mascaró

Por David Moriente

El designado como «paseo del arte» de Madrid, la línea que conduce desde la glorieta de Carlos V a la de Cibeles y que une entre sí el Museo Reina Sofía, el Museo del Prado, el CaixaForum y el Museo Thyssen-Bornemisza, se convierte cada cierto tiempo en un efímero espacio de exposición al aire libre. Este eje viario ha sido testigo de una intensa utilización en los últimos años para «acercar el arte a la calle», una expresión habitual en el lenguaje de las instituciones. A la actual muestra de Xavier Mascaró (París, 1965) le han precedido las de Robert Indiana, Cristóbal Gabarrón, Gerardo Rueda, Igor Mitoraj, Baltasar Lobo o Manolo Valdés. La exposición, que se podrá contemplar hasta el 4 de abril, se ha titulado «Escultura monumental» y ha sido comisariada por María Porto —directora de la madrileña galería Marlborough hasta 2005— con el patrocinio de la entidad financiera Unicaja. Se concluye así una travesía iniciada en octubre de 2009 en Málaga (Paseo del Parque y Plaza de la Marina) y que prosiguió en noviembre en Sevilla (Plaza Nueva) para llegar a Madrid en diciembre.

Aunque se formó inicialmente como pintor, la principal actividad de Mascaró se ha basado, a partir de la década de los noventa, en la escultura de hierro; este procedimiento ha concedido al artista y a su trabajo cierto aire heroico-dramático de raigambre tradicional un tanto melancólica, dada la paulatina hegemonía de la instalación multimedia entre los artistas de su generación. Pero, según afirma el mismo Mascaró, está comenzando a «experimentar con otros materiales» como son el cristal, la resina y la piedra.

El conjunto de la obra exhibida en los paseos del Prado y Recoletos consta de un total de veinticinco piezas metálicas: veinticuatro estatuas y una barcaza enorme (diecisiete metros y once toneladas) ubicada en el comienzo de la Cuesta de Moyano. Los seres antropomorfos están categorizados por el tamaño, los pequeños miden alrededor del metro y medio y los grandes, unos tres metros; son los llamados Guardianes. En la plaza de Platería —entre la puerta de Murillo del Museo del Prado y el Jardín Botánico— se han situado dos más, algo diferentes, los denominados Músicos, de cuatro metros de altura. Todas estas estatuas son similares y comparten una matriz común para cada tamaño, aunque posteriormente están diferenciadas por matices y aditamentos, antes constructivos que estructurales, que las hacen únicas entre sí. Los veinticuatro seres humanoides están en posición sedente y semejan un extraño híbrido de Buda meditando y un espadachín de la esgrima japonesa kendô.

Uno de los aciertos de Mascaró es el de la composición corporal: a pesar de que las piezas pesan varios cientos de kilos, los Guardianes semejan mantener el aliento e incluso levitar en una procesión de seres de altura imposible. La factura aparentemente descuidada remite a un pasado lejano, el óxido le confiere un cromatismo cálido y rojizo que se vincula con las obras en acero tipo corten de Eduardo Chillida o de Richard Serra. Pese a que comparte con ellos el rasgo de espectacularidad, conducido por el colosalismo, el semblante monumental está más diluido: ¿qué se quiere recordar y por qué? Pero éste es un aspecto derivado de los tiempos: monumentos vacíos e inocuos que se quieren disfrazar de arte público.

Tal vez lo más interesante que destacar del trabajo de Mascaró sería la formulación externa de estos personajes, lo que los dotaría de una superficie seudoarquitectónica. La apariencia de huecos recortados recuerdan a vanos, ventanas de inmensos palacios antropomorfos; esta asociación no es forzada: la configuración formal de las esculturas es muy similar a la de la célebre y gigantesca estatua del Buda de Tian Tan, en China.

Sin embargo, aunque el autor diga que son «una metáfora del trayecto, del presente» y de que el alcalde de Madrid, Alberto Ruiz-Gallardón, afirme que es la evocación de «las odiseas de aquellos héroes que se aventuraban por los mares», lo cierto es que guardan mayor parecido con una guardia pretoriana expectante, que difícilmente puede personificar el trayecto en su evidente estatismo. Con este mismo razonamiento, el aspecto de la nave —de la serie temática Departures (‘Partidas’)— se sitúa más próximo al de una embarcación varada y semiderruida que al de una que esté a punto de zarpar.

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