Centro Virtual Cervantes
Rinconete > Cultura y tradiciones
Jueves, 18 de marzo de 2010

Rinconete

Buscar en Rinconete

CULTURA Y TRADICIONES

San Cristobalón

Por Jeneze Riquer

Uno de los santos que goza de mayor crédito para la devoción panhispánica es el gigante san Cristóbal. Así lo revela la extraordinaria frecuencia con que ha sido representado durante siglos en los muros de catedrales, monasterios, parroquias o conventos; la proliferación de ermitas, imágenes y estampas a él consagradas; la afluencia de cofradías, hermandades y gremios que lo homenajean; la enorme cantidad de topónimos que se le asocian (municipios, montes, puertos...); las fiestas que se celebran por doquier en su honor el mes de julio; e incluso su pervivencia en el folclore, a través del cuento de la gitana que pide al santo novio para su hija («San Cristobalita / manitas, patitas / carita de rosa / dame un novio para una hija que tengo moza»), para acabar injuriándolo al ver insatisfecha su solicitud («San Cristobalón, / manazas, patazas, / cara de cuerno / como tienes la cara me diste el yerno»).

La leyenda de san Cristóbal, difundida en su versión «vulgata» por Jacques de Voragine en su Legenda aurea, es muy conocida desde antiguo (hasta el punto de haber sido impugnada con ardor por el bueno del padre Feijoo en su Teatro crítico): Offerus-Réprobo, gigantón cananeo, decide abandonar su patria en busca del príncipe más poderoso del mundo, con objeto de ponerse a su servicio. Averiguada la supremacía de un cierto soberano, se incorpora a su corte, pero hete aquí que el rey de marras, con ocasión de escuchar mentar al diablo, se santigua con gran desazón. Nuestro forzudo se extraña y le pide explicaciones, a lo que el rey contesta que de esa forma se defiende del poder diabólico. Decepcionado, Offerus deduce que el tal diablo ha de ser el rey más poderoso del mundo, de modo que deja la corte y se pone en su búsqueda. Vagando por los caminos, se topa con un grupo de feroces jinetes, de entre los que el más destacado le demanda razón de su destino. «Voy de paso; ando buscando al señor diablo, porque quiero alistarme en sus filas y consagrar mi vida a su servicio». El jinete tremendo se identifica como el Diablo, y acoge al peregrino entre los suyos. Al poco, la tropa encuentra una cruz en el camino, y el jefe se espanta de ella y evita aproximarse. «¿Por qué has hecho eso?», pregunta Offerus. «Porque temo la imagen de Cristo». El gigante, defraudado de nuevo, parte entonces en busca del que ha de ser su Señor, y en el camino encuentra a un ermitaño que tras breve diálogo le aconseja el mejor modo en que un hombre como él puede servir a Cristo: ayudando a los viajeros a atravesar un impetuoso río cercano. Offerus acepta, y tras un tiempo cumpliendo su labor, una noche mientras duerme es solicitado tres veces por un niño para cruzar el río. Offerus se lo carga en los hombros, pero poco a poco aumentan el peso del niño y el caudal del torrente, y se ve incluso forzado a arrancar un árbol para apoyarse. Aún así, el peso resulta insufrible y el gigante acaba por preguntar al niño: «¿Por qué te haces tan pesado? Me parece como si transportara el mundo». «Transportas el mundo y a quien lo hizo. Yo soy Cristo, tu Señor. En recompensa por tu servicio, yo te bautizo: en adelante te llamarás Cristóbal». Desde entonces, Cristóbal se dedicó a predicar la palabra de Cristo. (Sin duda, ha sido Fulcanelli, el inidentificado estudioso de las catedrales góticas, quien ha llevado más lejos las implicaciones herméticas de la leyenda).

Entre las representaciones medievales del santo, preferimos, por su hermosura y por su mayor riqueza simbólica, la que figura en un retablo riojano del siglo xiv que conserva el Museo del Prado de Madrid, aquí reproducida. En ella parecen concentrarse como en ninguna otra todos los motivos asociados a la leyenda, algunos de ellos, de hecho, ni siquiera transmitidos por las versiones narrativas que han llegado hasta nosotros (la rueda de molino, los viajeros al cinto, el orbe tripartito en manos del Niño, cierto simbolismo cromático, etc.). Sin perjuicio de volver sobre estos detalles en el futuro, hoy nos contentaremos con llamar la atención sobre la rueda de molino que el gigante porta en su brazo izquierdo, perdida, con alguna rara salvedad, en las representaciones posteriores al siglo xiv y ausente de la transmisión textual de la leyenda.

La interpretación más exterior ve en esta rueda un signo de la fuerza del gigante, que adorna su muñeca izquierda con tamaña pulsera. Mas una y otra vez este tipo de explicaciones defraudan sobremanera al espíritu penetrante. Símbolo universal donde los haya, a nuestro parecer en esa rueda hay que ver el Mundo, la «rueda de las cosas», el desarrollo de la manifestación, como explica Guénon. Y en su hueco central, el «Invariable Medio», el «motor inmóvil» aristotélico, el punto único que permanece fijo e inmutable, el Vacío, el Principio. Cristobal ―su brazo izquierdo (el del corazón) eje de la rueda―, se nos antoja imagen acabada del Hombre Universal, aquel en quien coinciden el centro de su cuerpo con el Centro del Mundo.

Centro Virtual Cervantes © Instituto Cervantes, . Reservados todos los derechos. cvc@cervantes.es