LITERATURA
Por Antonio Chas Aguión
Desde los orígenes de la humanidad el hombre ha sentido interés por desvelar lo oculto. Pertenece al patrimonio universal de la cultura el deseo de indagar y adentrarse en ocultos enigmas, práctica ligada desde antiguo al conocimiento arcano, a la sabiduría y al poder. Ahora bien, pese a la estrecha relación que acertijos y adivinanzas mantienen con la literatura de diferentes culturas y lenguas, especialmente en su vertiente popular, no siempre ha recibido atención desde esta perspectiva.
Ha habido varios intentos por sintetizar las peculiaridades de la adivinanza como género. De entre las diferentes definiciones, quizá la más completa sea la que proponen Alan Dundes y Robert A. Georges, para quienes
A riddle is a traditional verbal expression which contains one or more descriptive elements, a pair of which may be in opposition; the referent of the elements is to be guessed.
(«Toward a Structural Definition of the Riddle», en Analytic Essays in Folklore, La Haya: Mouton, 1975, p. 113).
Si nos circunscribimos a la literatura española, la inserción de adivinanzas ya está atestiguada desde las primeras manifestaciones, tanto en prosa como en verso. Así, un primer bosquejo en nuestra literatura medieval nos permite constatar la presencia de enigmas y adivinanzas en obras tan distintas como el Libro de Apolonio, donde los acertijos llegan a ser determinantes, El filósofo Segundo, la Historia de la donzella Teodor, en el Libro de los ejemplos por a.b.c. y en alguno de los ejemplos recogidos por don Juan Manuel en El Conde Lucanor. Pero, más que en cualquier otro producto literario, es en la poesía cancioneril donde la adivinanza encontrará fácil acomodo en las letras medievales.
Son varias las razones que explican el interés que a fines de la Edad Media despierta su presencia. Por una parte, el auge que en estos años previos al Renacimiento tuvo toda suerte de entretenimientos cortesanos y palaciegos, de manera que al lado de deportes y actividades lúdicas, también la literatura participa del interés áulico; en este sentido, modalidades literarias que suponen la participación colectiva, quién sabe si para una ejecución pública, gozaron de especial atractivo. Precisamente, la naturaleza dialogal y el carácter inquisitivo de las adivinanzas está en consonancia con la destacada relevancia de los interrogantes poéticos en determinados códices. Por otra, el carácter sutil y enigmático de los acertijos encuentra en la agudeza cancioneril un molde adecuado, como tan atinadamente supo valorar ya en su momento el propio Baltasar Gracián. De ahí, de la suma de estos y otros factores, el interés que despertó incluso en poetas de la talla de Juan de Mena, el Marqués de Santillana o, sin prolongar la nómina, Jorge Manrique.