Música y escena
Por José Ramón Ripoll
La música cubana del siglo xx se caracteriza por su natural sincretismo. En su esencia conserva el carácter ya propio y asimilado de todos los sonidos de la Isla, que manados de diferentes fuentes y encauzados por diversos ríos han ido configurando uno de los más peculiares espectros sonoros del territorio iberoamericano. Tradición española, sonidos negros, herencia africana e influencias románticas europeas se han fundido en una constante evolución, hasta desembocar en una escuela de compositores reconocidos internacionalmente, no sólo por la universalidad de su lenguaje, sino por una personalidad estilística y expresiva singularmente cubana. Uno de sus mayores exponentes es Leo Brouwer, nacido en La Habana, en 1939, que inició su formación en el ámbito familiar, alimentándose directamente de los recursos tradicionales que tanto el folclore, como la herencia clásica de su padre —guitarrista aficionado— pusieron a su disposición. Estudió guitarra con Isaac Nicola y posteriormente ingresó en el Conservatorio Peyrellade de su ciudad natal. En 1959 se trasladó a los Estados Unidos para ampliar estudios en la prestigiosa Juilliard School de Nueva York y en la Universidad de Hartford, en cuyo departamento de música perfeccionó sus cualidades guitarrísticas. Un año más tarde, dirigió la sección musical del Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos y creó el grupo de experimentación sonora más importante de su generación. En 1961 fue nombrado profesor de armonía y composición del Conservatorio de La Habana. Ha impartido clases magistrales por todo el mundo y ha dirigido orquestas tan importantes como la Filarmónica de Berlín, la Sinfónica de México o la de la RAI. Durante nueve años, desde 1992 a 2001, fue titular de la Orquesta de Córdoba y desarrolló una gran labor como director, no sólo en dicha institución musical, sino como difusor de la música iberoamericana en toda Andalucía, haciendo honor al género de ida y vuelta cultivado por los artistas flamencos que, a principios de siglo xx, emigraron a Cuba y que despertaron un interés muy especial en el compositor desde muy joven.
Entre su extenso catálogo musical y como ejemplo de la incorporación de los diferentes elementos musicales presentes en la educación sentimental de Leo Brouwer, podríamos referirnos a su Triple concierto, intitulado «Sones cubanos para piano, violín y violonchelo», que fue estrenado dentro del marco del Festival de Música Contemporánea de Alicante en 1995. Se trata de una obra de un alto nivel expresivo, ejemplar en el trabajo creativo del compositor, que ha querido rendir homenaje a la isla de Cuba a través de sus ritmos y músicas populares, tratados siempre desde el personal tamiz de su escritura. En ningún momento el autor se deja arrastrar por la fácil emotividad que imponen las danzas y canciones utilizadas a lo largo de la partitura, sino que las amarra, las domina y las sitúa en un personal espacio poético. El Trío se divide en tres partes: «Glosa de danzón», «Habanera triste» y «Los negros brujos se divierten». El primer movimiento, casi a manera de tocata introductoria, es un juego con el danzón europeo y afrocubano. El segundo movimiento rememora nostálgicamente el son de «La niña se divierte». La última parte es una contradanza polirrítmica que quiere expresar el rico y fascinante exotismo de los negros cubanos. La obra termina con el ambiente sosegado del principio.
Por sus características instrumentales, similares a la obra anterior, ya que se trata de una pieza concebida para piano, violín y violonchelo, pero escrita desde un tratamiento sonoro muy distinto, Manuscrito antiguo encontrado en una botella podría servirnos para admirar la faceta más ecléctica del compositor cubano, al menos la más alejada de los recursos autóctonos y populares que rodean su imaginario sonoro. Compuesta en 1983, está basada en el relato homónimo de O´Henry, transportando a un plano musical la eterna pregunta literaria sobre el amor y la muerte. Sin duda, estamos ante una de las obras más singulares de Brouwer, donde la investigación tímbrica que intencionadamente se propone desde el primer compás no oculta en ningún momento la intensidad expresiva de su discurso. Es difícil encontrar una obra en la música iberoamericana contemporánea de tal independencia con respecto a las referencias nacionales y a la inmediata tradición. Desde ella se invita al oyente a participar de una atmósfera, un ambiente y un recinto melódico de especial atracción, generado tan solo por la propia estructura autónoma de la obra, para la que el relato literario es un simple pretexto del que se desgaja desde el comienzo. No obstante, las dos partes en las que se divide el Trío —«La palabra Amor escrita mil veces» y «De la vida y la muerte»— nos remiten, por sus sugerencias expresivas, a una formulación poética que trasciende, por otra parte, el hilo de la narración, como es costumbre en el músico cubano.