LENGUA
Por Antonio Rifón
Todas las naciones, pueblos, estados, confederaciones, federaciones, etnias, comunidades, ciudades autónomas, villas, aldeas y caseríos suelen cantar su grandeza y la de sus gentes. Así, por ejemplo, cantaba el grupo Siniestro Total sobre Galicia «la nobleza de las villas / la belleza de las mujeres / los caldos incomparables / la hidalguía de las gentes». Lo que quiero, ahora, es retomar el concepto de hidalguía, ya que este ha sido aplicado muchas veces y con muchos y diversos objetivos junto al adjetivo española. No voy a decir que exista o no la «hidalguía española», que sirva para algo o no; la verdad, no me importa mucho. Querría ahora simplemente reflexionar, partiendo como hipótesis de su existencia, si la lengua española podría ser realmente de hidalgos.
El tercer significado de hidalguía en el Diccionario de la RAE señala que es «generosidad y nobleza de ánimo», pero cuando los españoles, y digo los españoles y no los hispanohablantes, hablamos, ¿mostramos realmente esa generosidad y esa nobleza de ánimo? Esto me recuerda a un libro de Marco Horácio (Como tourear os espanhóis e sair em ombros) en el que se reproducía, en clave cómica, un posible encuentro entre españoles cuya conversación vendría a ser algo así: «Hola maricón... bla, bla... sí, sí, de puta madre, bla, bla... no jodas... maricón... sí, sí, de puta madre, bla, bla, bla...», siguiendo toda la conversación, que no reproduzco completa por educación, en este tono. Es indudable que se busca la sonrisa del lector, esa es la intención de todo el libro, pero hemos de reconocer que este autor portugués no ha exagerado excesivamente. Seremos hidalgos, pero de larga lengua y corto vocabulario.
Y es que el español es una lengua de insulto fácil. Pues, aunque el español como todas las lenguas posee un léxico del insulto más o menos rico, en eso no somos diferentes a otros, nosotros sabemos explotarlo en todas las ocasiones de la vida.
Pruebe mi lector a pasar un día prestando atención a las conversaciones, no le digo ya por un instituto de secundaria, sino por un centro de primaria: podrá comprobar cómo nuestros infantes comienzan ya a dominar la lengua de Cervantes; tímidamente empiezan a manejar las palabras más expresivas y vacías de contenido de esta lengua. Si tiene tiempo y ganas, querido lector, sólo tiene que acudir después a uno de secundaria y después a la universidad o a la formación profesional. ¡Qué maravilla! ¡Qué magistral empleo del lenguaje! ¡Qué extraordinaria reforma educativa! ¡Qué acertados presupuestos pedagógicos! Hemos conseguido que ya desde la más tierna infancia dominen el vocabulario necesario para poder expresarse con contundencia y claridad.
Muchos lectores creerán que tal dominio es propio de la juventud, que sus mayores no tienen tal capacidad, tal maestría. Les propongo entonces que atiendan sólo a una conversación en una calle, en un bar o en cualquier otro lugar en el que el hidalgo se sienta a sus anchas, en el que pueda expresarse sin cortapisas, en el que su pensamiento fluya sin barreras, y que se fije en el rico léxico elegido. Se darán cuenta, sin excesivo esfuerzo, de que, en dichas conversaciones, predominan los campos léxicos del parentesco, de los dioses y los santos, del ganado caprino, de la orientación, trabajos y órganos sexuales.
Si no tienen tiempo para escuchar conversaciones ajenas o si su sentido de la urbanidad se lo impide, pueden comprobar lo que les digo de otra manera. No les hará falta recurrir a los tan conocidos casos de programas de televisión en los que, en horario infantil, se sustituían palabras tan usadas y conocidas por ridículos pitidos que no hacían otra cosa que resaltar la expresividad de la palabra oculta y que convertían la emisión en una serie casi ininterrumpida de chirridos. No, no hay que ir a esos programas que muchos consideran, siendo benevolentes, un ejemplo del mal gusto y la incultura. Pueden simplemente recurrir a los noticiarios, en los que, últimamente, se reproducen las escuchas que se hacen a los políticos cuando se ven libres de la obligación de actuar, de fingir, cuando son ellos mismos. Digamos que, suavizando un poco las cosas pues son los que mandan, no suelen hablar del amor al prójimo o de lo hermosa que es la vida.
Así que, si es usted una de esas personas preocupadas por la «hidalguía española», sienta usted gran alivio, tan hidalga es la juventud como la adultez.
En fin, querido lector, claro que somos hidalgos; pero lo ocultamos en nuestro lenguaje, porque también somos humildes. En todo caso, disculpe por no haberme dirigido a usted acordándome de sus parientes, de sus tendencias sexuales y no haberle asimilado a un cornúpeta; no se lo tome a mal, es que o soy así de maleducado o, tal vez, no seré un hidalgo.