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Viernes, 12 de marzo de 2010

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Cine y televisión

El verdugo

Por Llanos Navarro García

Ocurre lo mismo con todas las películas de Berlanga de los cincuenta y sesenta: resulta muy difícil disfrutarlas sin los condicionamientos previos que pesan siempre sobre cualquier clásico. Decenas de reseñas y comentarios sesudos e irrebatibles, que analizan y desmenuzan los méritos de títulos como el que nos ocupa, disuadirían a cualquiera de engrosar con el suyo tal colección. Sin embargo, el hechizo que el buen cine, el cine mítico del mejor Berlanga, ejerce sobre cualquier espectador, invita a reflexionar otra vez sobre la clave de un éxito que sobrevive al paso del tiempo, quizá incluso más lozanamente que el resto de sus películas.

Las circunstancias históricas en que la cinta fue realizada hace mucho que perdieron su vigencia, del mismo modo que las diferentes vicisitudes que sufrió en su estreno en España han pasado ya a formar parte, simplemente, del anecdotario al que se recurre sin otra finalidad que saciar la curiosidad. Es absolutamente irrelevante para el pleno disfrute de El verdugo conocer que era así como, según parece, se referían por aquella época a Franco en Europa, a causa de sus últimas ejecuciones (la más sonada, la de Julián Grimau), o saber que el propio dictador se tomó la molestia de referirse al director con el apelativo de antipatriota. La calidad de la cinta ha trascendido su circunstancia, sobreviviendo a cuarenta y seis años de vicisitudes políticas que, lejos de envejecerla, la enriquecen con nuevas posibilidades de interpretación. Porque, en el fondo, además de un alegato contra la pena de muerte, la película es también una magnífica reflexión sobre las dificultades que el individuo ha de enfrentar para conservar la propia integridad, sobre la naturaleza pusilánime del alma humana, incapaz de sustraerse a tentaciones, tan prosaicas como seductoras. Nada más actual.

Pero no es este tema ni otros, igualmente profundos y universales, los que hacen de ella lo que es hoy para el espectador actual que la recibe sin condicionamientos políticos ningunos. Hay algo más, que tiene que ver fundamentalmente con el talento del director y del guionista (otra vez Azcona) en los que se sustenta la calidad de la película, trascendiendo las premisas ideológicas que la vieron nacer. Quizá la clave esté en la particular concepción de la comedia que, por esos años, estos dos hombres poseían y que se tradujo en títulos como Plácido o Bienvenido, Mister Marshall. Juntos crearon una especie de estilo muy personal, que dio su mejor fruto cuando decidieron escribir esta historia, inspirados en la de un verdugo «real» que tuvo que ser llevado a la fuerza al patíbulo y drogado para que pudiera, por fin, realizar su macabro trabajo. La clave, quizá, está en el hecho de que las imágenes que se nos muestran, pese a haber sido concebidas para la risa, con un propósito cómico que podía haberse acentuado aún más (parece que Berlanga hubiera preferido a José Luis López Vázquez en el papel de Manfredi), este carácter risueño, no difumina por completo el contenido trágico del tema que aborda, no lo trivializa ni se sirve de él, simplemente, para sustentar la carcajada. La sonrisa no disimula el talante profundo del tema, y la diversión se somete a las prevenciones que la seriedad del asunto le impone (la broma es el parapeto tras el que suelen escudarse quienes necesitan expresar verdades peligrosas). Y, al final, en la última escena, alejados de cualquier inclinación a la risa, observamos el patio blanco y vacío, y sentimos el peso de la tragedia, y pensamos, como alguien dijo, que es ese un escenario en el que no cabe más que un inocente.

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