Música y escena
Por Joan Ripollès Iranzo
Enrique Santos Discépolo muere prematuramente el 23 de diciembre de 1951. Ese mismo año, Homero Manzi y Aníbal Troilo, admiradores y amigos, le dedican el tango Discepolín, que aún hoy radian las emisoras bonaerenses. Si los gardelianos repiten aquello de «este Carlitos cada día canta mejor», nosotros podríamos añadir que «Discepolín cada día tiene más razón en lo que dice». Y lo que dice es cosa seria, porque su verbo otorgó al tango una lucidez y una trascendencia hasta entonces desconocidas.
Nacido en 1901, queda huérfano a edad muy temprana, lo que le acerca aún más a su hermano Armando, dramaturgo creador del género teatral conocido como grotesco criollo. Letrista, compositor, rapsoda, escritor de teatro, cineasta, actor... Discépolo estrena su tango inaugural —Bizcochito— en 1925, pero sus primeros éxitos tardarán tres años en levantar cabeza.
Qué vachaché, compuesto en 1926, es el primer tango del autor que pone en solfa, de manera brutal y descarnada, la miseria moral que se cierne sobre una Argentina al borde de la Década Infame. El público lo rechaza por inmoral, los bienpensantes se escandalizan al oír versos como: «¿Pero no ves, gilito embanderado, que la razón la tiene el de más guita? ¿Que la honradez la venden al contado y a la moral la dan por moneditas?». Pero Tita Merello los recupera con éxito en 1928 y, tras ella, los graba Carlos Gardel, quien se convertirá en el mayor difusor internacional de la obra de Discépolo.
En América y Europa se escuchan sus historias amargas, cada vez más vivas en los giros del lunfardo. Retrata la soledad de los desahuciados de la metrópoli, un infierno de desempleados (Yira yira, 1930), rateros (Chorra, 1928), rufianes (Malevaje, 1929), maltratadores (Confesión, 1931)... Como un Luciano o un Quevedo reencarnado, Discépolo critica y desmenuza hasta el horror las atrocidades normativas de su tiempo. En 1931, en ¿Qué sapa señor?, advierte que «hoy todo Dios se queja y es que el hombre anda sin cueva, volteó la casa vieja antes de construir la nueva». Y en 1934, se consagra con su obra maestra: Cambalache, que comienza con unos versos que se han convertido en denuncia de un siglo y en el único credo del escéptico: «Que el mundo fue y será una porquería ya lo sé...».
El estilo cáustico y pesimista del grotesco recala en algunos de sus tangos más desquiciados, como Esta noche me emborracho (1928), ¡Victoria! (1929) o Justo el 31 (1930), en los que, rezumando un sarcasmo estremecedor, narra la degradación de una cabaretera, la felicidad de un cornudo y el suicidio de una amante repudiada. En la flor de su talento, lo fúnebre se mezcla con lo cómico, el sufrimiento da risa y la risa se hiela en rígor mortis, como resume el despiadado último verso de Soy un arlequín (1928): «¡Cuánto dolor que hace reír!».
El sentimiento de cruel disconformidad con la vida supera en Discépolo la frontera de la crítica social y del sentimentalismo para atreverse a encarar la duda sobre la existencia de Dios. «Yo siento que mi fe se tambalea, que la gente mala, vive ¡Dios! mejor que yo», confiesa en Tormenta (1939). Y otras veces se queja de la ausencia de piedad, de la ceguera divina que sume al hombre en la honda negrura de una noche sólo comparable a la angustia existencial que, más o menos por aquellos años, torturaba a los personajes sin luz y sin norte engendrados por el prodigioso imaginario disidente de Roberto Arlt.