LITERATURA
Por Macarena Cuiñas Gómez
Cualquiera que se aproxime a la figura de la pintora Maruja Mallo puede comprobar las interesantes relaciones que mantuvo con lo más destacado de la intelectualidad del Madrid de los años veinte y treinta. Desde Ortega y Gasset, que le encargó trabajos para la Revista de Occidente y la única exposición que organizó la mencionada publicación, a Ramón Gómez de la Serna, quien escribió sobre ella, pasando por Pablo Neruda, Pablo Picasso, al que Maruja admiraba como ocurre siempre con los maestros, y un largo etcétera; con todos ellos compartió, en un momento u otro, trabajo, amistad y admiración artística. Guardaba estrecha relación con los círculos y las publicaciones literarias del momento en Madrid, la ya citada revista de Ortega en la que conoció a Marañón y Pérez de Ayala entre otros; Cruz y Raya, dirigida por José Bergamín y en la que colaboraba de manera destacada el filósofo Xavier Zubiri; el teatrillo de Pío Baroja llamado El mirlo blanco, que se representaba en su casa; o la tertulia de Benavente en el madrileño café El Gato Negro; las reuniones en la casa de las flores de Neruda y la Residencia de Estudiantes; y tantos otros lugares de encuentro y tertulia.
En este ambiente del Madrid de los años veinte-treinta figuran de manera destacada los integrantes de la llamada Generación del 27. Este grupo, eminentemente literario, gravitaba en todos los ambientes artísticos, con una explicación muy sencilla: se formó en la Residencia de Estudiantes madrileña, en la que vivían poetas, pintores, cineastas...
Maruja entró en contacto con ellos a través de Salvador Dalí, uno de sus compañeros en la escuela de Bellas Artes de Madrid, en la que se matriculó en 1922. Parece que enseguida congeniaron personal y artísticamente y él fue quien le presentó a Federico García Lorca y Luis Buñuel, compañeros y amigos de la Residencia. En esta etapa compartían inquietudes artísticas y vitales, correrías universitarias y jornadas culturales. En una aguada de Dalí titulada Sueños noctámbulos (1922), actualmente en la Fundación Dalí de Figueras, aparece representada Maruja Mallo junto a una reproducción del propio Dalí.
La etapa surrealista de la pintura de Mallo correspondiente a los años veinte-treinta entronca con la pintura daliniana en la vertiente relativa a lo putrefacto. En este sentido también Lorca produjo varios dibujos que se conservan en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. Y por supuesto esta etapa influyó también en el cine de Buñuel, el inicial y surrealista de Un perro andaluz. Sin duda, Maruja Mallo formaba parte de este círculo estrecho y fructífero, hervidero de cultura y arte. Una de las tertulias del momento en Madrid tenía lugar en la Residencia y era presidida por Lorca; la llamaba la Cofradía de la Perdiz y se reunía todos los sábados a degustar este animal; contaba Maruja cómo tuvo su propio ritual de iniciación, tras el cual ingresó en dicha cofradía. La intensa relación que Maruja mantuvo con los artistas de su generación fue especialmente interesante en su vertiente cultural pero también humana, como mujer española que vivió los trágicamente convulsos años treinta.