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Miércoles, 10 de marzo de 2010

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LENGUA

Será por reyes

Por Pedro Álvarez de Miranda

Para ponderar las ventajosas condiciones en que ofrecía cierto producto, la reciente campaña publicitaria de un banco ha utilizado el siguiente reclamo: «Así se las ponían a Felipe II. ¿O era a Fernando VII?». No se contestaba a esta pregunta en los anuncios, pero la respuesta se infería de ellos, pues presentaban la imagen de un tipo ataviado con un vistoso uniforme no difícil de adscribir a los tiempos del segundo de esos monarcas; de tal guisa, el presunto rey felón de las fotos se extasiaba en la contemplación de un semoviente dos siglos posterior (pues un coche a plazos, y no por cierto un crédito como tal, ni un plan de pensiones, era el chollo publicitado).

«Era», desde luego, al hijo de Carlos IV, pero ¿qué más da? La rica gama de secuencias pluriverbales memorizadas por los hablantes en el lote fraseológico de su competencia léxica, secuencias a las que alguna vez se ha dado el nombre de expresiones fijas, resulta estar integrada por combinaciones no tan fijas como en un principio pudiera creerse, puesto que admiten o pueden admitir, sin que la feliz caracterización de ellas como «discurso repetido» venga a quedar en grave entredicho, cierto grado de particular variabilidad. No son, ciertamente, «discurso libre». No se puede uno ir —salvo muy en broma...— por los cerros de Baeza, que tan cerca andarán de los de Úbeda, ni puede tumbarse con la bartola (o Bartola). Pero puede, en cambio, elegir entre antojársele, hacérsele, figurársele y volvérsele los dedos huéspedes. El Diccionario histórico atestigua, para los cinco siglos de vida del modismo (venir) como anillo al dedo, las variantes como (el) anillo en (el) dedo y como anillo a medida. Y el Diccionario fraseológico documentado del español actual dirigido por Manuel Seco muestra que junto a donde Cristo dio las tres voces existe donde Cristo perdió el gorro; el gorro u otra porción de cosas susceptibles de extravío que la desbocada imaginación de los hablantes, con diversos grados de irreverencia, ha ido suponiendo que un Salvador insospechadamente perdulario pudiera llevar encima.

Cuando tanto ignoramos de la trayectoria de tantas y tan importantes palabras españolas, parecerá un lujo reclamar además la indagación histórica de fraseologismos como estos. Desdeñosa, la filología más sesuda —nada digamos de la envaradísima lingüística— los ha abandonado en manos de una erudición aficionada a las «curiosidades» y ciertamente algo frívola, la de aquellos Averiguadores decimonónicos, o los Montoto, Iribarren, etc. Merecerían, sin embargo, mejor suerte, no solo porque tienen tanto «derecho» a una dilucidación rigurosa de las circunstancias en que surgen y evolucionan como cualquier otra pieza de ese inmenso rompecabezas que es el léxico, del que forman parte, sino también porque de su mejor conocimiento se seguirían nuevos atisbos del modo en que los idiomas, instalados por naturaleza en el cambio y la variación, despliegan su creatividad inagotable. Un hándicap cierto es que a las habituales dificultades reconstructivas de toda lingüística histórica se añade en este caso —y no es el único— la índole preferentemente oral y coloquial de los mensajes en que los fraseologismos suelen presentarse, tornando aún más azarosa de lo normal la localización de testimonios escritos.

Nuestra fórmula, así se las ponían a Fernando VII —con la que se pondera, explica el diccionario de Seco, «la extremada facilidad con que se le presenta un asunto a alguien»—, empezaría a emplearse, como su mismo pretérito revela, algún tiempo después de la desaparición del monarca. Es sabido, y absolutamente seguro, que hay que relacionarla con el juego del billar, de modo que el pronombre femenino apunta o a las bolas o a las carambolas que los aduladores de la célebre «camarilla» palaciega le servírían a Fernando en bandeja, para que se luciera, y por no darle ocasión de volver contra ellos su «real gana». Aquello —chisme, anécdota o leyenda— se alojó en la memoria colectiva, y especialmente en la de los aficionados a tal juego, preparando el camino a la aparición de la frase. Ya en 1844 Juan Martínez Villergas, en un cuadro titulado «El mozo de villar», alude a «una carambola de aquellas que se presentaban a Fernando VII». En otro artículo de gran interés para conocer el «tecnicisno» de ese juego, y que el mismo autor publica (1863) en su periódico El Moro Muza, leemos: «No faltando uno que agregue: “Así se las ponían a un rey moderno, y decían: ¡Qué bien juega su Majestad!”». Por fin, en una «Miscelánea» de El Globo, el 31 de julio de 1878, y ya en un contexto cualquiera, no billarístico: «¡Ay, señores míos, así se las ponían a Fernando VII!». Desde entonces se ha usado de continuo.

El baile de reyes empieza más tarde (aunque un texto de Antonio Flores, de 1853, parecería indicar otra cosa; acaso guarde alguna relación oculta con la frase que perseguimos, pero de lo que en él se habla es de naipes: «Gran cosa hará Vd. en ganar con esas cartas... Así se las ponían al difunto Carlos III»). Así se las ponían a Felipe II, que hoy compite con la original, se documenta desde 1930. Pero en plena República, una gacetilla de Abc sustituye el nombre de ese rey por el de su padre, Carlos V; se estrena el sainete lírico del maestro Alonso Me llaman la presumida (libreto de Ramos de Castro y Cuadrado Carreño), en boca de uno de cuyos personajes pasa a ocupar el mismo puesto el nieto de aquel, Felipe IV; y un periodista de El Heraldo, a propósito de cierta batalla política fácilmente ganada por la CEDA, asegura que «un castizo» comentaría: «Así se las ponían a Wamba». Todo ello en el mismo año, 1935.

Y es que, difuminada o borrada de la conciencia de los hablantes la referencia a un juego que había llegado a España en el xviii, tan anacrónicos vienen a resultar los reyes de la Casa de Austria —¿cabe imaginar al Rey Prudente, por lo demás, haciendo instalar una mesa de trucos en El Escorial?— como los de la célebre e interminable lista de los godos, y algunos de estos tenían nombres tan tentadoramente cómicos como Wamba.

Más serio, Pereda había escrito en su novela Al primer vuelo (1891): «Así se los ponían a Fernando sétimo —dijo el fiscal, repitiendo una frase tradicional de los billares, en idénticos casos; es decir, cuando queda la bola contraria entre la del jugador y los palos y en línea recta, para fusilar». Podría haber errata en ese los, pero podría no haberla, si se refiriera a los palos del tapete que ahí se mencionan (profanos: no confundir con los tacos). Sería otra pequeña muestra de la pese a todo limitada variabilidad de los fraseologismos. Nótese, en cualquier caso, el valioso detalle que deja caer el novelista al presentar la de marras como «una frase tradicional de los billares». Desde ellos se propagó a la generalidad de los hablantes, al menos en España; poco o muy poco, parece, en los países de América, emancipados muchos de ellos justamente cuando Fernando y sus amigotes se ocupaban en perfeccionar la tacada.

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