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Martes, 9 de marzo de 2010

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ARTE / Claroscuro

El poder de expulsar demonios

Por Marta Poza Yagüe

Luego que ovo esto Sant Millán recadado,
adusieron un clérigo del demonio damnado,
era en Evangelio del bispo ordenado,
entre los compañeros andaba embargado.

Facíeli el demonio decir grandes locuras,
avueltas de los dichos facíe otras orruras.
Avíe la maletía muchas malas naturas,
ont fazíe el enfermo muchas malas figuras.

Vió el omne sancto demonio muy rabioso,
tornó en Dios, é diso: «ay Rey glorioso!
empiada esti clérigo ca eres piadoso,
que non sea posada de uéspet tan sañoso».

Non podió el demonio sofrir la oración,
partióse del diachono pleno de confusión;
El evangelistero prisa la bendición,
tornó a su Eglesia sano é sin lesión.

(Gonzalo de Berceo, Estoria del señor Sant Millán)

Con estos versos en cuaderna vía y redactados en castellano antiguo nos relata Berceo, a punto de mediar el siglo xiii, uno de los milagros más famosos realizados por Emiliano (más conocido como Millán), ese santo anacoreta y taumaturgo que habitó las tierras riojanas en el siglo vi ( ca. 574). Capaz como Cristo de resucitar a los muertos y de sanar a enfermos y endemoniados, refiere aquí el caso del diácono apartado de su ministerio al haber sido poseído por un violento diablo. Conducido ante la presencia del santo para ser purificado, éste consigue, tras ardua lucha con el ser maléfico, expulsarlo de su cuerpo y así devolver al desdichado a su labor pastoral. Berceo, para su composición, se basó en la Vita Sancti Aemiliani, escrita por el obispo Braulio de Zaragoza en el año 636, apenas sesenta años más tarde de la muerte del ermitaño.

El mismo texto, en el último tercio del siglo xi, había sido también la fuente en la que se inspiraron los maestros que realizaron la famosa arca de marfil en la que fueron depositadas sus reliquias, obra maestra de la eboraria románica hispana. Allí encontramos por primera vez la representación plástica del asunto. Trabajada en una plaquita ebúrnea dividida en dos registros, el superior muestra el momento en el que el diablo, de formas grotescas y dotado de dos cuernos que rematan su cabeza, abandona de forma abrupta el cuerpo del eclesiástico que, arrodillado, ve cómo la pierna del ser sale por su boca obligado por el báculo con el que le hostiga San Millán. En la escena inferior, mucho más serena en cuanto a su composición, el diácono se inclina humildemente ante el santo, agradeciendo su curación, mientras desde el extremo superior es bendecido por la mano de Dios que surge de entre las nubes.

No se tienen muchas más referencias en cuanto a la iconografía de este episodio en el arte español hasta que vuelve a aparecer, más de doscientos años después, ahora como parte de las historias contenidas en el denominado Retablo de San Cristóbal, pieza elaborada hacia 1300 siguiendo aún los supuestos del gótico lineal.

A diferencia del orfebre románico, el pintor del retablo ha condensado el relato en un único panel. Con los personajes cobijados bajo arquerías que tratan de simular un espacio arquitectónico interior, San Millán, de mayor tamaño que el resto de personajes, ataviado anacrónicamente con hábito benedictino y asistido por un acólito que se sitúa a su espalda, procede a exorcizar al sacerdote quien, acompañado por dos personajes más, se arrodilla piadosamente y con las manos alzadas en señal de plegaria ante el santo. Sobre su cabeza campean dos pequeños seres caprinos cuyo color negro indica, de forma inequívoca, su naturaleza maléfica.

Como corresponde al estilo pictórico en el que está ejecutada la pieza, refleja un dominio de la línea sobre el color, agudizado por el grueso trazo negro que perfila cada uno de los elementos. Tampoco hay una clara preocupación ambiental, aunque sí se ha tratado de insinuar el espacio a través de la inserción de los elementos arquitectónicos de encuadre; a pesar de lo cual, la bidimensionalidad de la escena es patente. Los personajes, de perfil, con evidentes desproporciones anatómicas y rasgos estereotipados alejados de cualquier transmisión emocional, aparecen estáticos, solapados unos sobre los otros. Tan sólo San Millán, de mayor envergadura en virtud de su preponderancia jerárquica, parece algo más próximo a una pretendida búsqueda de un naturalismo idealizado.

Sobre su autoría y destino original poco se sabe. El retablo es obra anónima en el que una orla con decoración heráldica, integrada por los blasones de León y Castilla entre motivos florales, hace suponer que fue un encargo regio. También se desconoce su procedencia aunque, en función precisamente de este particular tema iconográfico que acabamos de comentar y que hace referencia a una devoción muy localizada, todo parece apuntar hacia algún monasterio riojano.

Ingresó en el museo en 1969 como donativo de don José Luis Várez Fisa.

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