Arte / Claroscuro
Por Susana Calvo Capilla
Dice Heródoto sobre los dioses griegos que sus nombres y muchos de sus rituales procedían de Egipto. De la misma manera, el panteón romano incorporó a muchas divinidades egipcias y orientales desde época republicana, si bien el fenómeno se acentuó en el siglo ii d. C., coincidiendo con una crisis religiosa que afectó a los dioses tradicionales.

Escultura romana (hacia 235-240 d. C.): Retrato de un sacerdote romano de Isis (detalle)
Mármol blanco, 25 cm de altura
Núm. de inventario: E-398
(Añadidos: nariz, oreja izquierda, parte de una ceja y de la oreja derecha)
Las nuevas creencias llegaron a Roma de la mano de los comerciantes, de los soldados licenciados que habían servido en las fronteras, y de los esclavos. Mitra (de Persia), Cibeles (de Asia Menor), Isis y Serapis (de Egipto) fueron los dioses extranjeros con más éxito. Eran más cercanos a los hombres, exigían un mayor compromiso moral, prometían salvación o resurrección y su culto tenía algunos componentes mistéricos como los ritos de iniciación, elementos que los hacían muy atractivos a ojos de los romanos. Isis, ejemplo de fidelidad y de amor de madre, era venerada sobre todo por las mujeres de las oligarquías urbanas como diosa de la fertilidad y protectora de las mujeres, papel que compartía con Juno y Diana. La imagen de Isis es una mujer que lleva cuernos de vaca, pues se había asimilado a Hathor, diosa del amor, la «vaca del amor». En tierras del Nilo se celebraba en su honor la «Fiesta de las Luminarias», en la cual se encendían lámparas para ayudar a la diosa a buscar los restos de su esposo Osiris, que había sido descuartizado por su hermano Seth. Aunque éste esparció sus pedazos por todo Egipto para que Isis no pudiera hallarlo, ella los encontró, los unió y le devolvió la vida. Sólo se perdió una parte, el pene, pero Isis lo sustituyó por un falo de madera que, convertido en símbolo de fecundidad, era sacado en procesión en las festividades en honor a Dioniso (las «grandes Dionisias») como augurio de fertilidad.
En Roma, Isis compartía templo con Serapis, una divinidad alejandrina de época ptolemaica. El templo, que estaba en el Campo de Marte, fue destruido en época de Augusto y Tiberio, cuya persecución alcanzó también a las estatuas, que fueron arrojadas, al parecer, al Tíber. Precisamente en el lecho del río se encontró el retrato de un sacerdote de Isis del siglo i a. C. (Palazzo Massimo de Roma) que comparte con el del Museo del Prado algunos rasgos, a pesar de la diferente cronología. El retrato madrileño fue realizado hacia el año 240 d. C., período en que el culto a Isis volvía a estar muy de moda. Apuleyo deja constancia de su popularidad en el Asno de oro (obra escrita hacia 180 d. C.), donde describe una ceremonia de iniciación y una procesión en honor a Isis. En esos rituales desfilaban vacas sagradas, barcas de Isis, los iniciados vestidos con largas túnicas de lino blanco y los pastóforos o sacerdotes de Isis que portaban el pastos, una hornacina con la imagen de la diosa. El retrato de Madrid impacta por su realismo: es el rostro de una persona madura, con las venas de las sienes abultadas y un pliegue sebáceo en la nuca. Su cráneo voluminoso y rapado, así como el pequeño lunar o cicatriz de la frente (hoy tapado por una restauración) lo identifican como sacerdote de Isis.