Arte / Claroscuro
Por Juan Carlos Ruiz Souza
Toledo es marco excepcional de acontecimientos históricos y literarios, y así aparece desde antiguo, cuando sus monumentos encaramados a la colina que bordea el río aparecen en las diferentes vistas que de la ciudad realizó el Greco entre los siglos xvi y xvii. Podríamos recordar los diferentes paisajes del cretense en donde sobre las rocas se vislumbra la Catedral, el Hospital Tavera o su cubista caserío entre impresionantes celajes. Así lo vemos en su Paisaje del Toledo del Metropolitan de Nueva York, en el fondo de muchos de sus cuadros entre los que destacaríamos Laocoonte y sus hijos de la National Gallery de Washington y por supuesto no olvidamos su Vista y plano de Toledo del Museo del Greco que tanta fascinación suscitó entre los artistas del siglo xx.

Aureliano de Beruete (1845-1912): El Tajo (Toledo) (detalle)
Lienzo, 57 x 85 cm
Núm. de inventario: 4244
La Historia también supo dar protagonismo a la ciudad castellana. Los visigodos la erigieron en capital del reino y en ella celebraron sus concilios. Los andalusíes la convirtieron en una de sus cortes más florecientes. Los judíos construyeron en su interior las sinagogas más ricas que hoy conservamos. Desde su sede episcopal Rodrigo Jiménez de Rada reinventó España, mientras que reyes cristianos convocaron cortes, y fueron coronados y enterrados en su catedral. Sabios judíos, árabes y cristianos hicieron posible la célebre Escuela de Traductores de Toledo entre los siglos xi-xiii que preservó a las generaciones futuras el saber de la Antigüedad. Entre sus antiguos palacios del Alficén nació Alfonso X y él mismo desarrolló un scriptorium maravilloso del que salieron algunos de los códices y tratados científicos más fascinantes del siglo xiii europeo. Los Reyes Católicos reorganizaron allí sus reinos promulgando el Ordenamiento de Montalvo. Juan de Padilla enarboló la bandera de los derechos de la nobleza castellana en Toledo frente al emperador Carlos que hizo de la ciudad su capital imperial en el siglo xvi. El cardenal Lorenzana y su biblioteca dieron fama a la Universidad de Toledo en el siglo xviii.
La literatura tampoco se olvidó de ella. Aparece ya en el Cantar de Mio Cid, y reaparece una y otra vez en la novela medieval, moderna y contemporánea. Los versos de Garcilaso y las románticas leyendas de Zorrilla o de Gustavo Adolfo Bécquer siguen resonando entre sus adarves, iglesias y conventos.
Nada de ello aparece en este cuadro. Beruete en cambio ha preferido pintar a los protagonistas y testigos esenciales de ciudad tan linajuda, como por ejemplo su agreste relieve esculpido por el río Tajo. Unas pocas construcciones, los restos de la muralla y una mínima parte del Alcázar nos hablan del pasado y humanizan la soledad del paisaje. Si su orografía apenas ha variado en los últimos milenios seguirá sirviendo de marco a futuras aventuras. Al igual que los escritores de la Generación del 98, el pintor, moviéndose en una escasa gama de colores que huye de la grandilocuencia y lo superfluo, es capaz de recoger sintéticamente en una impresión la austeridad y nobleza del paisaje castellano que, vaciado de tantas y tan agobiantes connotaciones, volverá a servir de anclaje para la regeneración de una sociedad que necesita mirar al futuro tras quedar sumida en el desaliento al haber finalizado bruscamente su aventura imperial y ultramarina.