Arte / Claroscuro
Por Susana Calvo Capilla
El conservado en el Museo del Prado es uno de los mejores retratos de Constantino el Grande (280-337 d. C.). Fue Stephan F. Schröder, autor del catálogo de escultura clásica del museo, quien identificó la cabeza con el emperador Constantino: su peinado, los grandes ojos, los delgados pómulos y la afilada barbilla son rasgos que aparecen en todos los retratos conocidos de este soberano.

Escultura romana (hacia 312-325 d.C.): Retrato del emperador Constantino el Grande (detalle)
Mármol blanco, 98 cm de altura
Núm. de inventario: E-125
Aunque el rostro carece de la barba típica de los tetrarcas, se inserta en la estética de ese período por su expresividad acentuada. La obra madrileña, realizada en una época posterior al decisivo año 312, recuerda mucho a la cabeza gigante conservada en el Museo del Capitolio de Roma. Esta última pertenecía a una estatua sedente de unos diez metros de altura que fue colocada el año 315 en la más monumental y fastuosa basílica del Foro Romano. Se trataba de un edificio iniciado por Majencio, de quien hoy toma su nombre, pero que Constantino se ocupó de concluir tras derrotarle en la batalla de Puente Milvio en 312. Aquella colosal efigie del vencedor tenía de piedra sólo la cabeza y las extremidades, mientras que el cuerpo era probablemente de madera recubierta con láminas de bronce dorado. En esa época, hacia 313-315, Constantino solía ser retratado en las monedas con una corona de laurel o con un nimbo, un disco dorado tras la cabeza, signos ambos de la dignidad imperial. La simbología del nimbo parece estar relacionada con el carácter de «invicto» del emperador, que era así equiparado al Sol y considerado Cosmocrator. Constantino adoptó ambos signos tras la victoria sobre el usurpador Majencio, momento en que se convirtió en «rector del universo», según dice Eusebio de Cesarea.
Más tarde, hacia 325, se creó un nuevo modelo de retrato del emperador, al añadirse una cinta o diadema de perlas sobre su cabeza (la corona perlada que luego llevarán los emperadores bizantinos). Dichos atributos dicen mucho de la condición de Constantino y de su habilidad como estadista. La Historia lo recuerda por innumerables hechos, pero quizá su acción más trascendental y conocida fue la promulgación del llamado Edicto de Milán en 313, donde se otorgaba libertad de culto a todas las religiones del Imperio, incluida la cristiana. El citado Eusebio de Cesarea (m. 339), obispo y cronista del emperador, insiste en su conversión al cristianismo y en sus acciones a favor de la Iglesia, pero lo cierto es que la actitud tolerante de Constantino debe considerarse más una estrategia política que una manifestación de sus creencias. De hecho el emperador no se bautizó hasta el lecho de muerte para no tener que renunciar a sus prerrogativas y atribuciones como Pontifex Maximus de Roma. Parece que su religión era más bien sincrética, en la cual el Sol en simbiosis con Cristo (Cristo-Helios era una imagen conocida entre los primeros cristianos) regía el Universo, en tanto que la Armonía constituía la fuerza cósmica que aseguraba la supremacía del Imperio y de la propia Iglesia.